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Cantar con filin

Cantar con filin

Cantar con filin, ¿una nueva manera, un nuevo estilo? “Contigo en la distancia, amada mía, estoy”, “Tú no sospechas, cuando te estoy mirando, las emociones que se van desatando”. Texto y música comienzan a “sonar diferente” frente a los patrones clasistas y al mercantilismo dominante, y la guitarra —devoto cómplice de antigua trova— revela una intimidad

, una especie de comunión de sentimientos y emociones. La palabra mucho importa, y la forma conversacional la dota de una rica autenticidad.

La canción —confiesa uno de sus iniciadores— se llena de imágenes poéticas, y más que cantarse, se expresa.

¿Es esto “cantar con filin” —expresión tan convincente que llegó a acuñarse— o es un universo más espiritual, más próximo a la piel y a la respiración? Frank Domínguez decía que para él era como si conversara con su propio corazón, sin rodeos ni métrica. Porque filin –de feeling, palabra que, según Ángel Díaz, utilizó una vez Luis Yánez y que siguieron empleándola— significa justamente eso: sentimiento, volcado en la manera particular de interpretar el bolero, donde era notable la influencia deljazz, del blues y del eco de algunas obras de Bola de Nieve, Adolfo Guzmán, Facundo Rivero y Orlando de la Rosa. No se precisaba ya de un trasfondo orquestal. Bastaba reducir su formato a lo estrictamente indispensable, con el imperio de la guitarra y un texto dicho casi como susurro.

“Eran canciones de un ritmo  lento —dice la musicóloga María Teresa Linares—, cantable, con sonoridades ajenas a nuestra manera tradicional de sonar; acordes disonantes, melodías cromáticas, cadencias que terminaban en la séptima, con nombres que denunciaban su lógica y cercana influencia: canción-blue, bolero-beguine, canción-slow”.

En 1946 José Antonio Méndez compone La gloria eres tú, iniciando para muchos el movimiento hacia el filin.

El autor de Novia míaPor nuestra cobardíaSi me comprendieras y otras tantas inolvidables melodías, argumenta: “Para nosotros el filin era más bien algo de nuestra época, del tiempo que vivíamos.

“Uno podía tener la voz ronca, o incluso poca voz, pero si decía algo que llegara, tenía filin. Así surgió este estilo. Cada vez que uno ponía una novenilla o una séptima, se decía: ¡Ah, esa cosa tiene filin! Esta forma de música se debe cantar con honestidad, sobre todo, ponerle corazón e intelecto”.

Un poco de historia

Viajemos a los años cuarenta del pasado siglo, cuando la casa del compositor y guitarrista Tirso Díaz, en el Callejón de Hammel 1181, entre Hospital y Espada, en la barriada de Centro Habana, era visitada por quienes solicitaban su acompañamiento o querían mostrar su música. Poco a poco fueron asiduos a aquel lugar varios jóvenes atraídos por las canciones de la trova tradicional, del jazz, y al mismo tiempo sentir el ambiente donde desgranar sus obras.

Con el tiempo —y por el ímpetu de su hijo Ángel Díaz— se hizo habitual referirse a aquel grupo como Los Muchachos del Filin, que principalmente lo integraban César Portillo de la Luz (Tú, mi delirio), José Antonio Méndez (La gloria eres tú), Ángel Díaz (Rosa mustia), Ñico Rojas (Mi ayer), Luis Yánez (¡Oh, vida!), Niño Rivera (Tú y mi música), Rosendo Ruiz, hijo (Hasta mañana, vida mía), Marta Valdés (Palabras)… El embrujo causado por aquel derroche de sentimientos ejercería una fuerte atracción en diferentes latitudes. Aquellos temas se fueron irradiando, para ser escuchados en las voces de Pedro Vargas, Lucho Gatica, Toña la Negra, Luis Miguel, Sara Montiel, Caetano Veloso, José José, Dyango, Cristina Aguilera, entre otras de América Latina y España.

La novia del filin

Omara Portuondo, la Diva del Buena Vista Social Club, junto con su hermana Haydée y algunos amigos como César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez y el pianista Frank Emilio conformaron un grupo con una visión cubanizada del bossa nova con influencia del jazz. En su debut radial fue anunciada por el locutor Manolo Ortega como La Novia del Filin. Forma con su hermana un dúo, del que más tarde declarara: “La idea central consistió en adaptar a las condiciones musicales del momento la esencia de aquel dúo, con el que comenzamos a vincularnos con el filin”.

De su encuentro con Elena Burke surgió la idea de formar un cuarteto vocal, consumado en 1953 —de nombre Las D´Aida— constituido por las cantantes Moraima Secada, Elena Burke, Haydée y ella, bajo la dirección de la arreglista Aida Diestro.

“Después de conocer a casi todas las cantantes —refiere Luis Carbonell, el Acuarelista de la Poesía Antillana—, considero que es la cancionera más dotada de la naturaleza.

“Posee una magnífica facultad física, gran fiato, musicalidad muy desarrollada, gran sensibilidad y facilidad para todo género de la canción cubana y latinoamericana; timbre inconfundible y personalidad propia”.

Un rincón para el filin

Los escenarios de los principales intérpretes y compositores eran el Sherezada —en el edificio Focsa—, en el hotel Capri, el Internacional de Varadero y otros espacios.

Pero es en el Pico Blanco, en el último piso del hotel Saint John’s, en el Vedado, donde se hará habitual la presencia de Ángel Díaz, Elena Burke, José Antonio Méndez, Frank Domínguez, Omara Portuondo, César Portillo de la Luz… En aras de mantener esa tradición, en 1981 el Pico Blanco pasó a llamarse, con toda justeza, El Rincón del Filin.

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