Usted está aquí
Inicio > Cultura > Musica > De cuba, la rumba

De cuba, la rumba

De cuba, la rumba

“La rumba forma parte de la esencia misma de nuestra identidad”, expresó Miguel Barnet, presidente de la Uneac, con motivo del anuncio de la certificación de la rumba como Patrimonio Cultural de la Nación.

Un cajón de bacalao, una cajita de velas, unas claves y unas cucharas: así convergieron estos ingenuos instrumentos musicales para remover emociones al conjuro de un ritmo que, surgido en el antiguo barracón de esclavos, irradió a los solares y las casas de vecindad, para con identidad propia penetrar por nuevos cauces y fundirse en la savia musical cubana.

Como género nace de la vertiente afro-española, con especial huella en la africana. Sus principales protagonistas fueron los negros libres y sus descendientes, vinculados a etnias como la lucumí, la gangá, la arará y la bantú. Algunos investigadores consideran que en el baile yoruba de la yuka está la génesis de la rumba, mientras que su traza española viene del lalaleo o diana de los cantos andaluces. Las plantaciones de caña de azúcar en Matanzas y los barrios periféricos habaneros como Pueblo Nuevo, Carraguao y Belén constituyeron sus principales centros de germinación y evolución.

Por lo general, la rumba tiene un carácter improvisado. Al principio sus intérpretes eran acompañados por cualquier sonido de percusión desde una compleja y alegre polirritmia, que constituía el fondo para los bailes, cantos y estribillos, mezclados con los golpes de un pequeño tambor rudimentario de origen africano.

Dígase rumba, y de inmediato comienzan a escucharse los cueros, las claves y los coros que recogen los movimientos de los bailadores en una cálida fusión contagiosa.

En busca de un mayor efecto rítmico en su instrumentación, los rumberos emplean dos palillos que repiquetean sobre una caja de madera, un par de claves, dos marugas metálicas (nkembi), tres tumbadoras… Dos de ellas —la prima y el tres— tienen la función de marcar el ritmo básico, seguida del quinto, encargado de los golpes improvisados y los floreos dirigidos a los bailadores. Su ritmo se desarrolla en compás de cuatro por cuatro o dos tiempos. En el primero se dan dos pasos rápidos de medio tiempo cada uno, y en el segundo uno que es lento. Muchos de los elementos de la rumba han influido y enriquecido otros bailes folclóricos como la guaracha, la carioca, la conga, el mambo y el chachachá. Para 1930 ya la rumba había llegado a Europa de forma estabilizada y comercializada desde Nueva York, donde había adoptado varios elementos del jazz.

Ver bailar una rumba —con un rumbero solo o en pareja— es asistir a ese apego musical del cuerpo de proyectarse eróticamente, pues siendo danza folclórica servía como baile de fertilidad. En él predomina el movimiento de caderas y pelvis, típicos de la tradición africana.

El guaguancó

Dentro de la rumba, es el guaguancó la modalidad más elaborada en los textos y en la música. Para el musicólogo Argeliers León, “la parte inicial del

canto es extensa y toma el carácter de un largo relato, casi siempre alusivo a un suceso o a una persona”. Se argumenta que el guaguancó guarda una estrecha relación con el punto cubano y el cante jondo. De origen urbano, en sus ajetreos rítmicos hay una persecución de la hembra por el bailador. Ella baila con coquetería imitando con la cintura el movimiento de una gallina; mientras él remeda a un gallo o palomo para seducirla y poseerla simbólicamente en un descuido. Se intenta así representar el viejo papel de que la mujer domina sexualmente al hombre, insinuándosele e intentando deslumbrarle con sus encantos. Dicen los bailadores que en una buena coreografía debe aparecer el tease and run, es decir, la mujer acepta al hombre, pero después lo empuja y ya no lo desea. El acto final es la conquista, conocida como el vacunao o abrochao, movimiento pélvico de significación erótica.

La columbia

Esta modalidad nació en Matanzas, aseguran muchos de sus defensores, cerca de Chucho de Mena, en un caserío llamado Columbia, adonde iban muchos bailadores que laboraban en las plantaciones de caña.

Se asegura que el llamado baile de maní —danzas pugilísticas atribuidas a los congos— es el antecedente más primitivo de la columbia. Fue concebida para ser bailada por un hombre solo, quien alterna con el coro. Tiene una línea melódica y texto muy breve, donde proliferan palabras del abakuá o del vocabulario palero. En esta modalidad de la rumba es característico el llorao, que son lamentos o exclamaciones quejumbrosas de raíz flamenca.

Su baile es muy ágil y fuerte. El bailador demuestra sus habilidades acrobáticas, como llevar un vaso de ron o de agua en la cabeza, tener peligrosamente en las manos unos machetes, y en los pies cuchillos a manera de espuelas de gallo.

“El bailador de columbia —comenta Argeliers León— ha ido incorporando al baile gestos y posturas miméticas, haciendo varias figuras en que imita a un cojo, un epiléptico, o acciones como torear, empinar papalote, pescar, jugar a la pelota, montar bicicleta, disparar un arma de fuego, marchar marcialmente…, sin dejar de responder con gestos precisos a los toques del quinto. Además, acostumbra a ponerse un sombrero dando una vuelta de carnero sobre el suelo o en un instante en que se deja caer, momentos que aprovecha el quinteador para ejecutar una figuración rítmica que le obligue a responder”.

El yambú

Con un origen también urbano, el yambú aparece referenciado ya desde mediados del siglo XIX. Se inicia con un lalaleo coreado a manera de clarinada, seguido de unas estrofas cantadas por el solista conocidas como decimar.

Nuevamente se deja escuchar el lalaleo hasta que entra el estribillo, en el que una pareja, con movimientos ceremoniosos, devela la coquetería de ella, pero sin llegar al vacunao. En el yambú el mayor protagonismo le corresponde a la mujer.

Como música y baile integrador de la cultura cubana, la rumba —llámese guaguancó, columbia o yambú— ha cautivado a hombres y mujeres que han visto en su expresión una forma rítmica de confesar sensaciones y alegrías, con escenarios fijos como el patio de la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y el proyecto cultural Callejón de Hammel, en la barriada de Centro Habana.

Nombres de ayer y de hoy, como Luciano Pozo, Chano; José Rosario Oviedo, Malanga; Gonzalo Nicanor Hernández, Tío Tom; Mario Dreke, Chavalonga; Federico Soto, Tata Güines; Francisco Hernández, Pancho Quinto; Celeste Mendoza, la Reina del Guaguancó; Amado Dedeu; Eloy Machado, el Ambia; Esteban Landrí, Saldiguera; Justo Pelladito… descuellan en el selecto grupo de rumberos, sumado a agrupaciones como Los Muñequitos de Matanzas, Yoruba Andabo, Clave y Guaguancó, Los Papines y otras, que han hecho del género un fiel representante de la música popular cubana.

En la literatura ha dejado también su impronta en la obra de poetas de la talla de José Zacarías Tallet y Nicolás Guillén, y en la música de Amadeo Roldán y Guido López Gavilán.

Como reafirmación de su marcado vigor y preferencia, el 1 de noviembre de 2009 fue creado el Palacio de la Rumba —San Miguel 860, en el barrio de Cayo Hueso, Centro Habana—, institución cultural que todos los años convoca a su Fiesta del Tambor, donde la rumba es la mayor protagonista.

Deja un comentario

Top
Main menu