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Lázaro Ros, la voz que vino de las selvas africanas

Lázaro Ros

“Yo soy un apkwón”, me dijo con modestia, pero con gran orgullo el anciano delgado y de semblante ecuánime sentado en su casa frente a mí: Lázaro Ros, el más grande intérprete de la música religiosa yoruba en Cuba.

Tenía razón Lázaro, apkwón quiere decir la voy señera, líder indiscutible en la suerte de concertación coral y polifónica que son las presentaciones de los cánticos originarios de la madre África. Él se había ganado esa condición muchos años antes, con todo el esfuerzo, rigor y el mayor respeto del mundo a sus ancestros y a la cultura que ellos le donaron.

Ya estaba enfermo seriamente la gran estrella y descansaba en su hogar de Infanta y Manglar la mayor parte del tiempo, pero accedió amablemente a los requerimientos de una periodista admiradora de su obra. Murió al año siguiente, en 2005, este maestro que había nacido 79 años antes en cuna muy humilde, en Santos Suárez, La Habana. Descendiente de esclavos africanos, no pudo cursar muchos estudios de ningún tipo, menos de arte.

Confesó que desde niño, sin embargo, algo en él tiraba muy fuerte hacia la música, el canto y el baile. Empezó a interpretar desde los 13 años los cantos en lengua lucumí, de gran contenido religioso, que entonaban miembros de su familia o mayores que los rodeaban. También danzaba con el corazón y era un asiduo de los festejos tradicionales de la barriada.

Pero no fue hasta 1949 que un amigo lo llevó a la radioemisora Cadena Azul y allí empezó a cantar en un programa dominical nocturno, por puro placer, pues no cobraba un centavo. Se sostenía con los oficios más sencillos como lechero o vendedor de pollos.

Ya en 1959, convocado por el prestigioso Argelier León, participó por primera vez en un espectáculo teatral de música y danza que rescataba importantes tradiciones africanas , componentes de manifestaciones artísticas y de los credos de la nación.

Pero el vuelco definitivo a su vida se lo dio, a partir de esa reveladora experiencia, su participación en la fundación en 1962 del Conjunto Folklórico Nacional, invitado en ese caso por el etnólogo Rogelio Martínez Furé. Fue la vía de entrada a un trabajo profesional fijo, remunerado, donde desplegó sus enormes potencialidades como cantante, bailarín e informante, primero, y más tarde como profesor. Tareas abarcadoras y desarrolladoras en las que dio y recibió un enorme caudal de talento y conocimientos por más de 40 años.

Su voz de barítono, con una colocación del tono que la mantenía poderosa, penetrante, cadenciosa y siempre rítmica, fue como un regalo de los orishas o dioses africanos a los que puso sonoridad y causaba un efecto perturbador y emocionante en quien la escuchaba. Era y es única, desde las grabaciones que por suerte se conservan. Pero además puso mucha técnica y estudio en perfeccionarla, método que luego trasmitió a sus alumnos.

Trabajó junto a creadores de la talla de Chuchó Valdés, con quien grabó el disco Cantata a Babalú, como invitado especial junto a la agrupación Irakere, el cual fue nominado a los Premios Grammy en 1999 en la categoría de Música Tradicional.

Como integrante del Folklórico paseó su arte por unos 50 países donde fue aplaudido y reconocido.

El año 2001 lo gratificó con el Premio Cubadisco por su obra Yemayá y Ochún, en la categoría de Música Folklórica. Volvieron a nominarlo al Grammy Latino por Yemayá, de su autoría y privilegio que al año siguiente se repitió por su obra Changó, del Sello unicornio. Eran tiempos muy difíciles para concretar la entrega de esos premios a los artistas cubanos, algo que por suerte ha cambiado un tanto.

Al mérito de contribuir a la salvaguarda de la memoria de la cultura raigal de origen africano, componente esencial de la cultura cubana, se une su entrega, su disciplina, su rigor profesional, dignos de tomar como ejemplo.

En nuestro encuentro en la sala de su modesto hogar, el gran Lázaro Ros enfatizó en la importancia que siempre dio al estudio concienzudo y casi obsesivo que hizo, como quien dice, al pie de la letra, de las tradiciones que aprendió de sus mayores. Nada de inventos, me dijo, como algunos hacen ahora, que no aprenden bien las lenguas o dialectos de los textos. Eso es ofensa, me dijo convencido.

Me contó que pudo comprobar personalmente la verdad y utilidad de todo lo que había aprendido bien, gracias a su celo y respeto, en Nigeria, donde pudo entender y hacerse comprender allí por personas que nunca había visto, usando la lengua lucumí. Me di cuenta que las tradiciones que habían llegado a Cuba eran verdaderas, me dijo con el rostro lleno de felicidad. Así fue Lázaro, también un ejemplo a imitar.

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