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Los vergeles de los antiguos cafetales franceses

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Como testimonio de un modo de producción y un estilo de vida profundamente imbricados con nuestra cultura, pervive el paisaje arqueológico formado por las ruinas de los cafetales franceses situados en el sureste de Cuba, en las estribaciones de la Sierra Maestra, al este y oeste de Santiago de Cuba y Guantánamo.

Otrora bellos vergeles, fueron levantados en los comienzos del siglo XIX y hasta principios del siglo XX, con el concurso del sufrido trabajo esclavo y las ideas tecnológicas de avanzada de propietarios de hacienda franceses llegados a Cuba en estampida, huyendo de la oleada revolucionaria de Haití.

Sus vestigios son un recordatorio del trabajo mancomunado del hombre empeñado en conocer la naturaleza para utilizar sus recursos a su favor, algo que se logró con creces en los valles intramontanos e incluso en terrenos de abruptas pendientes recónditos, al parecer sin causar estragos de peso en aquellos ricos entornos, verdaderos emporios de la vida silvestre.

Según anales, cerca de un centenar cafetales de ese tipo se contabilizaron en la provincia de Santiago de Cuba y 32 se fomentaron en la provincia más oriental: Guantánamo.

Muchos de los vestigios mejor conservados se ubican en las zonas de la Gran Piedra, El Cobre, Dos Palmas y Contramaestre, aunque no son los únicos dignos de visitarse y estudiarse.

Son identificables los trazados originales de estas peculiares plantaciones, concebidas con técnicas agroindustriales de punta para la época, que permitían el uso racional de los recursos hídricos, las redes de camino y comunicación y la obtención de los recursos necesarios de natura, de acuerdo con procesos productivos bien concebidos.

Las casas de vivienda y almacenaje eran cómodas. Construidas de acuerdo al clima tropical lluvioso de la zona, con un concepto de la funcionalidad y belleza que todavía se admira en las ruinas. Muchas exhibieron lujos y refinamientos impensables en aquellos parajes, según la prosperidad de su dueño, algo que desde luego estaba vedado a los esclavos que laboraban duramente y de sol a sol.

Incluso por ser testimonio de la ignominia de la esclavitud es válido conocer esa etapa del pasado. Además, porque tales ruinas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y constituyen un simbólico monumento a la ingeniería hidráulica, vial, doméstica, funeraria y del sistema productivo, de una importante época de la historia de Cuba.

El aporte de los colonos franceses y sus esclavos rebaso la materialidad para hacerse sentir en la formación de hábitos, costumbres, manifestaciones culturales como la música, la danza y la literatura, la religión, la culinaria, primero en el oriente y luego en todo el país. Fueron ingredientes importantes del gran ajiaco de la cultura cubana.

En la Sierra de La Gran Piedra, en el este de la ciudad de Santiago de Cuba, a solo 24 kilómetros, todavía se admiran restos del cafetal La Isabelica. En un plano topográfico de tenencias de tierras de 1838, propiedad del comerciante Prudencio Casamayor, consta el registro de esta hacienda a nombre de Víctor Constantín, personaje real protagonista de una leyenda, que cuenta haber venido al paraje con una esclava haitiana, la bella Isabel María, con quien sostuvo un largo romance en la Isabelica que duró hasta la muerte, pues fue el amor de su vida.

La Isabelica es el que muestra mejor estado de conservación en sus edificaciones centrales y debido a eso en la instalación radica un interesante museo etnográfico.

Pero además están las ruinas del cafetal nombrado Santa Sofía, un verdadero coloso de su tiempo con una dotación de más de 600 esclavos en cada temporada, y el Kentucky.

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