Usted está aquí
Inicio > Cultura > Literatura > Rafael de Águila: Premio Casa de las Américas de Cuento 2018

Rafael de Águila: Premio Casa de las Américas de Cuento 2018

Rafael de Águila

Rafael de Águila había merecido en 2017 el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar. Ahora, en 2018, Casa de las Américas lo premió por un libro del mismo género. Se trata de un autor más bien solitario. Trabaja en la Aduana pero su gran pasión es la literatura. No llega a los sesenta años y aunque su nombre no es lo que se dice mediático hay un numeroso grupo de escritores que le reconoce su gran talento para las narraciones breves, demostrado en unos cinco libros publicados y con la adjudicación de algunos galardones como los ya mencionados y el Premio Alejo Carpentier.

De Águila accedió a conceder en exclusiva esta entrevista para los lectores de Más Cuba.

 

¿Cómo recibiste la noticia del Premio Casa de las Américas, qué hacías en ese momento, lo esperabas?

 

Una alegría y una sorpresa inmensa. Enormísima, para ser exactos. Estaba en mis labores cotidianas, recibí una llamada telefónica de Jorge Fornet, reconocí su voz, y créeme, se me heló la espina dorsal, no supe qué demonios decir, de seguro balbuceé mi agradecimiento, por la llamada, los ojos se me llenaron de un líquido raro, lo confieso. A seguidas llamé a mi familia, a mi casa. Cuando atendieron el teléfono solo dije: gané. Es un premio que se disputan cientos de libros, lo mejor del continente, un continente en el que el cuento, como género, exhibe una fuerza y una vitalidad rotunda. Impensable fuera precisamente mi libro acreedor de ese Premio. A estas alturas… respondo tus preguntas y te juro… aún no lo creo. Es un sueño hecho realidad en un mundo en el que cada vez la realidad se hace menos accesible a los sueños.

 

¿Cuál es el título del cuaderno premiado y qué temáticas trata?

Todas las patas en el aire, ese es el título. Son 10 historias en las que los temas se trenzan desde lo privado y personal, desde lo individualizante, hasta otras, con un carácter gregario, colectivo, donde desde la individualización, eso que es y sufre y grita cada personaje, se llega a la historia y al drama medular de todos, al entorno mismo de lo que hemos sido o somos como nación. En ciertas historias, diría, bulle cierta epicidad, para decirlo desde la tesis de Octavio Paz pudiera aludirse al viejo conflicto Plaza y Alcoba. En las 10 historias, una vez más, la mujer es el centro que imanta y dinamiza, la fuerza genésica.

 

Habitualmente escribes sobre la Cuba contemporánea. ¿Por qué?

Soy cubano. Vivo en Cuba. Respiro su aire. Camino sus calles. Me alegro y sufro en ella y por ella. Recientemente he leído un texto en el que Gilberto Padilla sostiene que la literatura cubana está “infectada… por la iteración cansina de ‘lo cubano’”, algo que él denomina “El factor Cuba”. En alguna medida ello no deja de resultar real. Pero, me pregunto, si se viviera en la estrella Alfa del Centauro… ¿no se escribiría acerca de ese entorno? Recientemente conversé con una joven —y ya muy premiada escritora polaca— de visita en Cuba, me confesó que resultaría muy difícil para un cubano entender a cabalidad su literatura dado que los temas estrictamente polacos, historia polaca, pasada y presente, idiosincrasia, anhelos, psicología, politología, incluso, pues estaban muy a flor de página. ¿Un norteamericano no escribe sobre el entorno en el que vive, un japonés, un australiano, un sudafricano? Es normal que lo hagamos también los cubanos. La literatura establece un diálogo con el entorno en el que se vive, lo interpela, le exige, le demanda, lo acusa, le agradece, lo agrede. El escritor suele ser un termómetro que toma la temperatura al sitio en el que vive. Máxime en los momentos en que el sitio en el que se vive se halla en un instante de definiciones y encrucijadas. Sin embargo, en este libro hay historias que se alejan del verde caimán para que los personajes deambulen por Buenos Aires, por San Petersburgo, y hasta por el uptown de Miami. Ciertas historias rompen esta vez con el aquí y el ahora.

 

Eres un escritor realista. ¿Qué te seduce de esa línea estética?

En mi primer libro, Último viaje con Adriana, premio Pinos Nuevos de 1997, se movían historias cortas y absurdas, bajo el influjo, lo confieso, de Kafka, Piñera, Cortázar, Jorge Luis Borges. El libro que publicó en el 2017 la Editorial Española Samarcanda reincidía en ello. En el 2018 la Editorial Letras Cubanas publicará en Cuba ese libro. Nunca he dejado de escribir esas historias, como divertimento. Me seduce el absurdo, que, por demás, nos acompaña en la vida a cada instante. Sucede que en los últimos años los premios han privilegiado mi vertiente realista. Ello ha determinado que resulte mi vertiente más conocida. Entre el absurdo y el realismo, sin embargo, privilegio indudablemente al primero. Así como no siempre se mueve uno en la cuerda del absurdo así tampoco se mueve uno todo el tiempo en la cuerda del realismo. Se trata de un equilibrio inestable. Como la vida misma. Muy a menudo el supuesto realismo está henchido de absurdo.

 

¿Qué escritor cubano o universal hubieras querido ser si no fueras Rafael de Águila?

Adoro la literatura de José Saramago, la vida pletórica de acción y aventuras de Ernest Hemingway, la belleza en el fraseo de Italo Calvino, las novelas de Hermann Hesse y Dostoievski, la poesía de Eliot o Vallejo, los cuentos de Cortázar, la capacidad de hilvanar historias de Bolaño, las tragedias de Shakespeare. Eso, entre los universales, desechando —injustamente— a otros muchos admirados autores. Entre los cubanos, imposible dejar de mencionar a Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas. Pero esas son solo filias, preferencias, idilios con esos autores, por una causa u otra. Confieso que nunca he pensado desear ser alguno de ellos. Ni siquiera en ser alguien más. Quizá incurra en un oxímoron si dijera que desearía escribir las novelas de mi admirado José Saramago mixturado ello con la vida rocambolesca de Ernest Hemingway.

 

¿Cómo ves la salud de la cuentística cubana?

Cuba es parte de un continente en el cual el cuento está enraizado en las células, en la sinapsis misma de cada ser. Somos cuentistas por naturaleza. Hoy algunos sostienen que existe una crisis en el cuento cubano. Yo no estoy nada seguro de eso. Escriben hoy en Cuba más seres que nunca antes. Si se calcula, incluso, densidad de escritores por kilómetro cuadrado, si se extrae el porcentaje de escritores existentes versus cantidad de habitantes, nunca antes, estoy seguro, el porcentaje pudo ser tan alto. Es cierto, quizá falten las grandes obras. Esas que lo signan todo. Nadie puede negar que ahora mismo no duerman entre el misterio de gigabites del disco duro de una PC. Varias generaciones de cubanos escriben hoy sobre el suelo de esta Isla o sobre otros suelos. Una generación muy joven, conformada por menores de 30 años, comienza a abrirse paso, a ganar los primeros premios, a hacerse notar. Una generación muy nutrida. Muy. Para nada homogénea. En unos años algunos de ellos tendrán los principales premios de este país. Estoy seguro. Si el cuento cubano está en crisis… se trata de una crisis muy rara, una crisis sui géneris. Personalmente… no creo que el cuento cubano esté inmerso en una crisis. Sostengo, eso sí, que faltan las grandes obras, que faltan los autores canónicos. Quién sabe si alguno no camine ahora mismo entre nosotros. Elementos que lastran y mediatizan nuestra literatura, desde lo puramente extraliterario, pululan, muchos, eso sí, gran parte de ellos los mencioné y analicé, profundamente, en mi texto sobre la premiofilia, publicado hace apenas unos meses en la red. En ese texto dije algo así como: “en breve podemos ser un país de alegres y adinerados salseros y reguetoneros y tristes y empobrecidos escritores”. No estoy en contra de que salseros y reguetoneros puedan ser alegres y adinerados pero… deploro profundamente que los escritores alcancemos el estado de la tristeza y el empobrecimiento. Eso sí resultaría crítico. Y eso sí supondría una crisis, lamentable y triste, para la literatura cubana.    

 

¿Qué otros galardones te gustaría obtener?

Me gustaría escribir. Vivir. Amar. Ser amado. Ser bueno. Mantener mi salud. Que no sufran o se me mueran los seres que quiero. Ver a mi hija feliz. Que no me desquieran, me bloqueen en Facebook u me olviden mis amigos. Viajar mucho. Que de vez en mes me regalen un tarro de Nutella. Que mi país crezca sano, feliz, exitoso, confiado, inteligente, lejos de toda seducción o espejismo, pletórico de oportunidades, “con todos y para el bien de todos”, como soñara el Maestro (José Martí)…, pero, ¿obtener premios?…, no, los premios se los inventamos a la realidad. La única realidad en la vida de un escritor resultan sus hechos, como humano, la felicidad o su dantesco opuesto, y la obra, desde luego, la obra que se sea capaz de urdir. Si llegaran los premios… pues resultarían meros accidentes, te aseguro que serían recibidos con el mismo rotundo asombro y el mismo líquido raro en los ojos.

 

¿Crees en los concursos?

No. No creo en ellos. Descreo profundamente de los premios. Lo he dicho en varias oportunidades. Resultan eventos en extremo veleidosos. No es un artilugio cibernético quien decanta, selecciona y privilegia, no, se trata de humanos, seres a los que mueven gustos, inclinaciones, filias y fobias, literarias, y, lo que es peor, extraliterarias, de ahí el carácter de veleidoso. Pero en un medio en el que los derechos de autor mueven a risa o a pura lastima no queda más que acudir a premios porque no solo de literatura vive el hombre. Ni los hijos. Ni las familias. La premiofilia tiene en eso, me temo, su prima causa. Los autores, siempre, en toda la historia de la literatura, han existido para escribir y publicar, no para ganar premios.

 

¿Por qué enviar un libro al Premio Casa, qué significación tiene el mismo en el panorama de las letras hispanoamericanas?

Es el más grande, masivo, antiguo, connotado y de mayor trascendencia de los premios internacionales que auspicia Cuba. Es, según siempre he pensado, el más difícil de alcanzar, entre otras causas, dada la enorme cantidad y calidad de las obras que se suele enviar desde todo el continente, desde todo el mundo. Como autora tú misma lo has alcanzado dos veces, en dos géneros diferentes, por demás. Quizá seas el único autor en haber logrado semejante hazaña. ¿Lo eres? Ya ves, he trocado mi calidad de entrevistado por esa otra de sorpresivo entrevistador, jajaja.

 

¿Te gustaría ser conocido fuera de Cuba, qué concesiones estás o no estás dispuesto a hacer para ello?

Todo autor desea ser leído por el mayor número de lectores, en todo el mundo. Concesiones, sin embargo, jamás. Ninguna. Ni una sola. Ni la menor. No se hacen concesiones cuando se ama. Escribir es una de las formas metamorfoseadas de amar. Si el amor tuviera sucedáneos escribir lo fuera. Y no se hacen concesiones tampoco con los sucedáneos.

 

Deja un comentario

Top
Main menu