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Tradición y juventud en la música cubana

Tradición y juventud en la música cubana

Cuba es bien conocida por su música, lo cual se traduce en la calidad de sus intérpretes y lo contagioso de sus ritmos. Pero aunque es más conocido el lado bailable, nuestros aportes a la llamada música de concierto han sido notables, tanto en un exquisito refinamiento en la ejecución, como en la cubanización de obras y estilos tan prominentes e importantes como el Barroco, o el Romanticismo.

Desde tempranos años, como el siglo XIX, el acercamiento de jóvenes a la música era desafiante, si tenemos en cuenta el sentido insular de Cuba y el tamaño geográfico que ocupamos en el Caribe. Figuras como Brindis de Salas y José White dieron un marcado impulso a esta gran carrera musical.

Ya en la primera mitad del siglo XX descollaron nombres como Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán, encargados de hacer florecer, dentro de la música de concierto, los ritmos ancestrales de origen africano que eran comunes dentro de los solares habaneros y matanceros; ellos inician o tienden un puente dentro del concepto de cubanía que se iría imponiendo irreversiblemente, donde todas las formas de la cultura popular fueron fusionadas hasta lograr la solidez que conocemos hoy día. Así, la rumba del solar fue ganando espacios, saliendo cada vez más del ambiente marginal marcado por las desigualdades sociales, y fue llegando a planos inimaginables, como el alcanzado por el célebre percusionista Luciano (Chano) Pozo quien, a través de su amistad y posterior trabajo con el trompetista norteamericano Dizzy Gillespie, introduce las tumbadoras en el jazz, dando origen al llamado jazz afrocubano, o latin jazz, como se denomina actualmente.

Jóvenes talentos en la música

La presencia de jóvenes en la música ha sido siempre una bendición en nuestra cultura. Baste recordar nombres de grandes compositores como José Ardévol y Harold Gramatges para constatar un prolífero momento creativo en los años de 1950, el llamado Grupo de Renovación Musical, vanguardia del pensamiento musical de entonces, que sentaría base unos pocos años más tarde: la creación de las Escuelas de Arte. Ellos mismos como profesores, junto a otros, iniciaron en los 60 la enseñanza musical en Cuba con amplísimos conocimientos técnicos y estéticos; Gramatges fue discípulo del norteamericano Aaron Copland, y un profesor y brillante ejecutante como Enrique Jorrín (creador del cha cha chá) podía tocar una difícil sonata de Mozart.

Este singular y complejo “ajiaco”, se tradujo en un fuerte y riguroso claustro de enseñanza, dentro y fuera de las escuelas, a lo que también se sumó la presencia en Cuba de profesores de la antigua URSS. Ya era solo cuestión de tiempo esperar a que el talento brotara para darle la perfección necesaria. De esta manera, han surgido en Cuba pianistas clásicos como Frank Fernández, Víctor Rodríguez y Jorge Luis Prats; trompetistas como Arturo Sandoval y Julito Padrón, pianistas de jazz como Chucho Valdés, Ernán López-Nussa, Gonzalo Rubalcaba, Rolando Luna y Aldo López-Gavilán; flautistas como José Luis Cortés (El Tosco) y Niurka González, directoras de coros como Alina Orraca, Digna Guerra y María Felicia Pérez, y un sinfín de artistas más.

Música de concierto

En Cuba la música de concierto tiene un importante movimiento que suma millones de seguidores en toda la Isla. Su historia y tradiciones podemos encontrarlas en época de la presencia española, cuando comenzaron a llegar bailes y géneros musicales europeos, que fueron cambiando al gusto de los criollos, como la contradanza, la habanera, el vals y otros.

En los siglos XVIII y XIX se construyeron teatros importantes a lo largo del país y en 1928 se inaugura el Teatro Auditórium de La Habana (hoy Amadeo Roldán), en respuesta a la necesidad de la Sociedad Pro Arte Musical de poseer un escenario propio para desarrollar su actividad divulgadora del arte escénico. En la noche del estreno actuó la Gran Compañía Italiana de Operetas de Lea Candini. Con el paso de los años, se presentarían en él grandes compañías y solistas, como la Orquesta Filarmónica de Filadelfia, dirigida por Eugene Ormandy; los directores Herbert von Karajan, Leopoldo Stokowsky y Erich Kleiber; los compositores Igor Stravinsky, Heitor Villa-Lobos y Serguei Prokofiev; los pianistas Vladimir Horowitz y Arturo Rubinstein y los violinistas Yehudi Menuhin y Jasha Heifetz… sin dudas, este fue el principal centro en cultivar esta música en Cuba. La existencia de exquisitas salas de conciertos, unido al surgimiento de célebres músicos, ha dado como resultado un público seguidor y conocedor. Otro elemento determinante en ello es el fuerte movimiento sinfónico en la Isla, liderado por la Orquesta Sinfónica Nacional, pero con otras de su tipo en las diversas provincias, así como un interminable caudal de orquestas de cámara. En tiempos recientes, un factor que posiciona a Cuba como país consumidor de música de concierto es la llegada de directores y solistas invitados por temporadas, como por ejemplo los directores Francesco Belli (Italia), Yoshikazu Fukumura (Japón), Nathalie Marin (Francia), y los solistas Mintcho Mintchev (Bulgaria), Vilmos Olah (Hungría), el cuarteto Opus 4 (Argentina) y Francesco Manara (Italia), entre otros más. Esta relación con el público, el alto nivel académico de las escuelas especializadas y la sólida preparación de los músicos cubanos, ha hecho que la música de concierto en nuestro país siga manteniendo una profunda tradición.

El violín en Cuba

Uno de los instrumentos de más arraigo en Cuba increíblemente es el violín, no solamente utilizado en conciertos de corte clásico, sino también en toques para las deidades y ritos afrocubanos, por su dulzura y melodiosa tesitura. Este instrumento fue muy bien tocado por grandes maestros como Claudio José Brindis de Salas (1852-1911), no por gusto apodado el Paganini Negro a causa de su virtuosismo y su tez oscura. Brindis de Salas estudió con su padre y obtuvo una beca para París, donde obtuvo primer premio en su conservatorio. Durante su carrera actuó en las más relevantes salas de conciertos del mundo: París, Berlín, Londres, Madrid, Milán, Florencia, San Petersburgo, Viena, México y Buenos Aires. Tal fue su fama y virtuosismo que en Francia fue condecorado con la Orden de la Cruz del Águila Negra y la Legión de Honor y en Alemania el Emperador lo nombró Barón de Salas. Otro gran precursor del violín en Cuba fue José White (1836-1918), hijo de un comerciante de origen francés y de una criolla negra. White fue un niño prodigio y desde muy temprana edad estudiaba música y componía sus primeras obras, generalmente para instrumentos de cuerdas. Al igual que Brindis de Salas, gana una beca para estudiar en el conservatorio de París y obtuvo el primer premio en composición. Fue aclamado en muchos salones y salas de conciertos en París, Madrid, Nueva York, y toco para la familia imperial francesa en el Palacio de las Tullerías, y para la monarca británica, que lo condecoró con la orden de Carlos III.
White también se destaca como compositor, consagrándose con su obra La bella cubana, obligatoria por su sentido rítmico y melódico en el repertorio de disímiles intérpretes.
Con estos antecedentes, se inicia en Cuba una tradición que perdura hasta hoy, con la irrupción a lo largo de la historia de diversos violinistas, tanto en el ámbito clásico como en el popular. Con la aparición de las orquestas llamadas charangas, de tipo francesas, el violín ocupa un lugar preponderante en la música cubana, junto a la flauta, dando origen a diversos nombres que perduran en este amplio panorama. Ya mencioné a Jorrín, charanguero y clásico, creador del cha cha chá, y a ello sumo al conocido Rafael Lay (padre), quien asume la dirección de la afamada orquesta Aragón tiempo después de creada.
Pero no solo en lo popular brillaron los violinistas cubanos, también lo han hecho en la pedagogía y en la ejecución. Tal es el caso del maestro Evelio Tieles, pilar fundamental de la enseñanza en Cuba y España, labor educativa que alterna con los rigores del concertista y por cuyas manos han pasado una gran cantidad de jóvenes durante más de 40 años de magisterio.

Y otros ejemplos y nombres sobran: Alfredo Muñoz, Dagoberto González, Irving Frontela, Ilmar López-Gavilán, Lázaro D. González, Ariel Sarduy, Rafael Lay (hijo), William Roblejo, Imbert Ramos… y más, muchísimos más que hoy prestigian, dentro y fuera de Cuba, la enseñanza del violín.

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