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Zaida Capote Cruz: redescubriendo a Dulce María Loynaz

Zaida Capote

Coincidiendo con el 115 aniversario de la Premio Cervantes cubana Dulce María Loynaz, la joven investigadora Zaida Capote acaba de realizar una edición crítica de su única novela: Jardín.

Aspectos novedosos sobre la poetisa y narradora nos revela en esta entrevista que concedió a Más Cuba y que constituye una nueva visión de una autora que parece haber sido menospreciada durante algún tiempo en su país natal.

Ahora Dulce María está adquiriendo la jerarquía que siempre mereció en el ámbito de la lengua española.

 

¿Por qué una edición crítica de Jardín?

Es una pregunta que me hice durante mucho tiempo. Una edición crítica, al tiempo que pretende explicar una obra, intenta establecer sus vínculos con una tradición, un contexto. Me pareció sumamente importante establecer tales vínculos en el caso de Jardín porque a Loynaz suele adjudicársele un lugar insólito, único y, claro está, alejado del resto de la tradición cubana, o se la presenta como una poetisa postmodernista sin una evolución notable en su obra. En mi libro Contra el silencio. Otra lectura de la obra de Dulce María Loynaz (2005) ya había expuesto mi opinión y avanzado argumentos para deshacer esa imagen de rara avis que suele dominar la visión de Dulce María. Una edición crítica supone una búsqueda de cierto magma a partir del cual una obra puede explicarse de un modo diferente, o incluso mejor. En esta de Jardín, que implicó el trabajo con los manuscritos y las pocas ediciones que ha tenido la novela, además de la indagación en sus lazos con otros textos y el hallazgo de otros con hechos específicos de su época, busqué establecer esas conexiones, tanto internas (con el resto de su obra) como externas (con otros textos y su contexto).

La explicación práctica, digamos, es que finalmente los manuscritos de la novela se hallaban en manos del Ministerio de Cultura de Cuba y podía acceder a ellos. La disponibilidad de los manuscritos fue el detonante para llevar finalmente a cabo este proyecto, que acariciaba hace ya mucho tiempo. Inicialmente me propuse una “edición anotada” porque era lo único que podía ofrecer sin comprometerme demasiado. Con el tiempo, mi lectura de la novela fue complejizándose y pude ofrecer una visión más completa del trabajo intelectual de Loynaz, su dedicación por varios años a una obra donde, como ella misma dijo alguna vez, había “quemado su alma”. Quise hallar en el texto las señales de ese ejercicio espiritual e intelectual, y creo haberme acercado bastante a cumplirlo cabalmente.

 

¿Cuáles fueron las más grandes sorpresas que te deparó este trabajo?

En primer lugar, te diría que descubrir el modo en que está escrita la novela, casi de un tirón. Aunque hay fragmentos que tienen varias versiones (el cotejo de los manuscritos con el mecanuscrito y las tres ediciones de la novela sobrepasó las cinco mil notas), la estructura se mantiene idéntica. Dulce María la pensó mucho antes de escribirla. En los manuscritos hay huellas de vida cotidiana (como se sabe, la novela está escrita en libretas escolares, con lápiz), y lo mismo puede hallarse en ellos una dirección en Italia, el borrador de una carta a otra escritora cubana, Ofelia Rodríguez Acosta, o un plano de las habitaciones de los hermanos Loynaz, como una carta-poema en broma dirigida a Enrique Loynaz, Chachito, quien sugirió varios cambios a Dulce María y fue el único lector de sus manuscritos con derecho de opinión e intervención, como testimonia una nota suya.

Muy interesante también fue descubrir algunos cambios (a veces nimios, a veces mayores) en las ediciones impresas. Por ejemplo, cómo los “gorriones” criollos pasaron a ser “pinzones” y los bombillos cubanos se convirtieron en “bombillas” en la edición española, o la ausencia de algunos fragmentos en la edición de Seix Barral, hecha con muy poco cuidado y, por lo que parece, con mucha premura.

Asimismo, las numerosas citas de poemas propios que pueden hallarse en el texto, la remisión a hechos de actualidad enmascarados en la anécdota, la amplitud de referencias culturales e históricas. Un ejemplo que me gusta citar es cómo, al describir las lecturas de su protagonista, Loynaz escribe que Bárbara “devoraba montañas de libros”; me tomó un tiempo darme cuenta de que esa imagen se refería al mandato bíblico de tragar, comerse la palabra divina, o sea, “incorporarla”. Y otro: la aventura del pabellón del jardín es un momento decisivo en la vida de Bárbara; el pabellón tiene una inscripción a la usanza romana: “Parva Domus”, es una referencia velada a Jack, la novela de Alphonse Daudet, y solo pude descubrirlo cuando decidí comprobar todas las lecturas que hacía la protagonista de la novela.

 

¿Cómo situarías a la Dulce María Loynaz, novelista, en el canon de la literatura cubana?

Con Jardín Dulce María Loynaz conquistó el derecho a contarse entre los grandes narradores cubanos. En una lectura comparada con Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, encontré muchas similitudes. Claro que la sensibilidad de Dulce María es distinta, su estilo es otro, pero su talento y sus preocupaciones eran bastante parejas. Para mí, Jardín está, en intenciones y logros, a la altura de lo mejor de la literatura cubana de todos los tiempos.

 

Dulce María, ¿una precursora del realismo mágico?

Podría decirse que sí, como lo hizo ella misma en alguna entrevista. Ciertamente, la anécdota de Jardín está llena de recursos que luego serían explotados por el realismo mágico, pero, a decir verdad, hubiera sido necesario que su novela se hubiera leído con más ahínco y admiración. Si es cierto, como decía Borges, que cada quien escoge sus precursores, en su caso eso nunca ocurrió. No tuvo discípulos o seguidores y no podía tenerlos porque no se leyó ampliamente; además, las circunstancias históricas fijaron su literatura como “demodée”. Su novela puede considerarse precursora; pero no pudo tener mayor influencia porque, repito, no se leyó —y me temo que todavía no se lee— tanto como debiera. Espero que esta edición crítica consiga establecer su preponderancia no solo en el canon cubano, sino también latinoamericano.

 

¿Qué vasos comunicantes (si los hay) podrían establecerse ente la poesía y la narrativa de Loynaz?

Claro que los hay. Loynaz utiliza varios de sus versos en la escritura de la novela, a veces los cita veladamente y otras los copia tal cual. Cualquier lector de Loynaz recuerda aquel “me quedé fuera del tiempo”, y eso podría vincularse con la aseveración de que su novela es “extemporánea”. Es un ejemplo apenas, hay muchos más descritos en esta edición crítica. En cierto modo, Jardín podría leerse como un compendio de la obra loynaciana, como el lugar de encuentro de todas sus obsesiones, de estilo y humanas.

 

¿Situarías a la Loynaz novelista en el mismo lugar que a Carpentier y a Lezama?

Prefiero referirme a ella como “Loynaz”, sin el artículo. Detesto la idea de que cuando hablamos de mujeres incluyamos un artículo que parece, además de apuntar cierta excepcionalidad, tratarlas como si fueran un objeto y no una persona. El día que digamos “el Martí” o “el Carpentier”, podría decir “la Loynaz” sin reparos. Hasta que llegue ese día, para mí son Loynaz, Avellaneda o Rodríguez Acosta, simplemente.

En cuanto a pensarla merecedora de un sitio similar al de esos dos grandes autores cubanos, pues sí, a eso he dedicado mi trabajo durante muchos años. Si Loynaz no alcanzó un renombre semejante se debe a circunstancias extraliterarias, no a la calidad evidente de su escritura. Ella estuvo al margen desde siempre y hasta podría decirse que cultivó ese “estar al margen”. Cuando se casa con Pablo Álvarez de Cañas, que fue un excelente publicista de su obra, adquirió cierta notoriedad, sobre todo en España, pero en Cuba nunca fue parte de un grupo, no se dedicó a publicar constantemente, sino que hurtaba sus textos a la luz pública cada vez que podía, y aunque al triunfo de la revolución no estuvo totalmente al margen desde el principio, terminó convirtiéndose (y hasta lo asumió como una distinción) en testimonio de un tiempo y un mundo idos. Su decisión de asumir las sesiones de la Academia Cubana de la Lengua como empeño doméstico, por ejemplo, puede ilustrar esa marginación y la incomunicación mutua con las autoridades culturales revolucionarias. Siempre recurro al dato de que en 1968 presidió con otros poetas un festival de poesía en la UNEAC, pero luego fue esfumándose en la soledad de su casona de 19 y E. Hasta 1985, cuando la Editorial Letras Cubanas publicó una selección de sus poesías a cargo de Jorge Yglesias, Dulce María no volvió a figurar en nuestro parnaso. No se enseñaba en las universidades, no se escribía sobre ella en las revistas culturales, nada. Era el pasado. Y creo que todo eso provino del desconocimiento de la profundidad de su contribución a la cultura cubana. Carpentier y Lezama eran figuras públicas desde hacía tiempo, sus aportes estaban asumidos e incorporados. Los de Loynaz, en cambio, no se conocieron ampliamente hasta esa edición de sus poesías y las posteriores contribuciones a la difusión de su obra, como el volumen de la serie Valoración Múltiple que la Casa de las Américas le dedicó en 1991, a cargo de Pedro Simón. Antes había empezado un proceso de acercamiento, había recibido el Premio Nacional de Literatura, entre otros reconocimientos y homenajes, pero su mito de mujer “fuera del tiempo” estaba para entonces demasiado arraigado. Incluso cuando le adjudicaron el Premio Cervantes hubo quien llegó a cuestionarlo.

 

¿Qué es lo que más te atrae como crítica de Jardín?

La inteligencia literaria de Loynaz, su empleo a fondo de toda la herencia cultural previa, el modo como filtra las referencias a lo cotidiano y lo histórico, su manifiesta sabiduría de lengua y estilo. En pocas palabras, el talento que demostró su autora al urdir un texto tan complejo, que interpela nuestra realidad del día y la profundamente humana, al tiempo que declaraba dedicarse a un entretenimiento banal. Y, lo mejor, su ejemplo de cómo, aun teniendo talento, hay que trabajar duramente, con dedicación.

 

¿Cuál es tu estado de satisfacción después de haber culminado esta edición?

Esta edición crítica de Jardín me está dando muchas satisfacciones. Demoró mucho en salir (si miras la página legal, está inscrita en el 2015), pero valió la pena esperar. Fue un trabajo duro, de convivencia larga con los manuscritos; había soñado hace mucho tiempo poder hacerlo y lo conseguí. Ahora hay que ver cuánto pude lograr. Tengo mi ejemplar lleno de añadidos y correcciones. Disfruté mucho hurgar en el sentido de una frase, establecer lazos con otros textos y realidades, descubrir cómo Loynaz encontró el modo de hacer literatura con algún suceso vulgar. Pienso aún en cómo mejorar alguna nota, añadir más información o ahondar alguna interpretación. Y sueño con que la edición crítica pueda imprimirse de nuevo, en versión, como suele decirse, “corregida y aumentada”.

Lo que más me alegra es que la novela circule con el texto que establecí, el cual espero quede fijado para siempre. Me complace mucho haber podido acompañar esta edición con reflexiones y datos que contribuyan a la expansión de cualquier lectura e interpretación futuras. Y espero que no se sienta como una intrusión mía, sino como un gesto para acercar la novela a sus lectores presentes y futuros, tanto los avezados como los noveles.

Felizmente, el libro está muy bien hecho. Esther Acosta Testa fue una editora dedicada y activa, y juntas compartimos incertidumbres y hallazgos. Alfredo Montoto Sánchez tuvo la ocurrencia feliz de usar para la portada una foto del vitral de la casa de Dulce María y es un libro precioso, como lo merecía.

 

Futuros proyectos de Zaida Capote Cruz.

Dentro de unos días debo presentar en la Casa de las Américas, junto a la edición crítica de Jardín. Novela lírica, mi colección de ensayos breves Loynacianas, publicada por Ediciones Extramuros. Compendio ahí algunos frutos laterales de esta edición y de mi largamente cultivada admiración por la obra de Dulce María Loynaz, que comparo con las de Gabriela Mistral, Renée Méndez Capote, Ofelia Rodríguez Acosta y Alejo Carpentier. También incluye una reflexión sobre mi edición crítica de su única novela. Es un libro profundamente ligado a esta.

Por Ediciones Unión saldrá el segundo tomo del Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica, que dirijo, y un Álbum de autógrafos de Gertrudis Gómez de Avellaneda que el Ministerio de Cultura de Cuba adquirió hace unos años y que he transcrito y anotado para su edición, financiada por la UNESCO con motivo del bicentenario del nacimiento de Avellaneda.

También publico con cierta frecuencia en un blog que llevo con dos amigas, puedes echarle un vistazo aqui

 

En el mundo de la literatura escrita por mujeres, ¿Dulce María puede considerarse una feminista?

Y en el mundo exterior también; aunque no participó activamente en las calles en ningún movimiento reivindicativo, estuvo cerca. Un colega me regaló una referencia que halló en un periódico del año 1922: Dulce María, con su madre y su abuela, fungieron como vocales del Partido Nacional Sufragista. Es un dato de interés. No es lo mismo ser sufragista que feminista, pero están cerca. Y ya cuando leí Jardín en mi libro de 2005 comentaba la semejanza entre la suya y las novelas feministas de la vanguardia latinoamericana, según las ha estudiado Francine Massiello. Hay muchos puntos de contacto. Incluso, la carta a Ofelia Rodríguez Acosta ofrece un costado inédito de su personalidad. Es una denuncia de la explotación de las costureras aspirantes a trabajar con las casas de Alta Costura; una contribución a la columna de Rodríguez Acosta en Bohemia, y aunque Loynaz incluso bromea con que esos asuntos del pueblo no son lo suyo, lo cierto es que se lo cuenta a su colega para que escriba sobre ello. Evidentemente, el grado de compromiso de ambas distaba mucho, pero no deja de sorprender el arraigo de Dulce María en la realidad, algo a menudo negado por sus críticos más conservadores.

Como a mí me interesa establecer una genealogía feminista en nuestras letras, pues te digo que sí, que lo fue. Y someto al juicio público datos como estos. Quizás esté forzando un poco la historia, pero es también una reacción comprensible tras tanto tiempo oyendo decir que Loynaz andaba como flotando en su mundo, lejos de todo lazo con la sociedad de su tiempo.

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