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Carilda Oliver Labra: 95 años fecundos y sin concesiones

Carilda Oliver Labra

Carilda Oliver Labra es quizás, junto a Fina García Marruz, la poetisa viva más importante de Cuba. Su nombre es conocido en todas partes del mundo, especialmente en España donde hay hasta una calle que lleva su nombre. En el mes de julio llega lúcida y sin concesiones a unos 95 años que han sido de ininterrumpido trabajo intelectual.

En ocasión de este aniversario se preparan en la Isla múltiples homenajes y Más Cuba ha querido sumarse a esta celebración con esta entrevista exclusiva que la autora nos respondió en su natal Matanzas, provincia occidental de Cuba en la que ha vivido siempre y a la que ha dedicado muchos de sus versos.

Carilda comenzó a escribir en la mitad del siglo pasado y fue elogiada en América Latina por la Premio Nobel de Literatura Gabriela Mistral. En su país recibió el Premio Nacional de Literatura en 1997.

 

¿Qué piensa Carilda de su obra a estas alturas?

Me preocupa más lo que piensan los otros. Yo solamente he querido relatar mi historia personal en versos. Incluí al mundo por esa sensación de que este no se hizo estrictamente para mí, sino que más bien he sido hecha para él, y por ello adquirí con mi nacimiento una deuda de vida que voy pagando en la medida en la que la propia existencia constituye un servicio.

Quizás es así como entiendo a la poesía, como un camino que debe tener su propia utilidad, debe servir a la belleza, a la justicia, al amor. De algún modo estas tres condiciones conducen el espíritu a un estado de verdad, a una poderosa plenitud que puede confrontar el sufrimiento.

No puedo decir que los versos de mis libros son un jardín personal, porque ellos han sido puestos en otros seres y son estos los que en última instancia pueden juzgar si han servido para aumentar ese sentimiento de vida jubilosa, de una esperanza fanática con la que siempre abandoné en el papel las palabras.

Una pregunta que siempre me hago es si no habré actuado de un modo egoísta al creer que mis anécdotas puedan tener algún valor para otras personas. Me alivia el argumento de que al compartir la poesía una parte de mi experiencia individual se convierte en patrimonio ajeno, y que ya no puedo ser por obra del poema una criatura solitaria.

 

¿Cuánto debe Carilda a la poesía española?

A España le debemos una parte esencial de nuestra sensibilidad literaria, incluso de nuestro propio carácter como cubanos, como nación. Le debemos el idioma, este portentoso idioma con el que podemos expresar las pasiones más hondas y los desgarros más sublimes.

No menciono autores porque todos los poetas españoles tienen la dimensión de las montañas. Siempre lo más difícil para los poetas de la Isla fue construir sus propios códigos, o sea, descubrir un tipo de comunicación poética que se ajuste a la Isla, que se apegue a lo estrictamente cubano. Pienso que en la medida en que fuimos emergiendo como una nación soberana también nos fuimos separando de los modismos y los tópicos europeos hasta llegar al punto de concretar en nuestros estilos, eso a lo que corrientemente se le llama identidad nacional. Y es un asunto muy interesante porque en Cuba existen grandes poetas, y cada uno, desde Milanés y hasta el siglo XX, fue recreando un discurso cada vez más pegado a la tierra, cada vez más unido a la personalidad de la patria.

El gran logro de la poesía cubana de nuestra contemporaneidad ha sido justamente ese: la capacidad del discursante lírico de ponerle la voz y el tono de la tierra que lo parió a sus obras. Por ejemplo, opino que un gran hallazgo dentro de nuestra poética resultó ser el coloquialismo que comienza a despegarse de los movimientos literarios de ultramar, sobre todo del fuerte romanticismo, para lograr el mejor atisbo: la necesidad de comunicar con un lenguaje intenso y accesible el pensamiento poético. Esto resulta ser muy revolucionario porque pone por encima del sujeto poético a quien recibe el producto. O sea, el poema, desde que arranca en su origen está dirigido a un blanco social, es motivo de diálogo, no existe por sí solo porque necesita de un interlocutor. La impresión que tiene quien lo lee es que su propia experiencia humana está unificada al discurso. Así sucede algo mágico: el poema se percibe como un descubrimiento personal. Hay en esto mucho de la mística de Juan Ramón Jiménez, de la propia Teresa de Ávila, de Quevedo, de Federico, y en fin… Creo que esta cualidad disuelve las fronteras entre el poeta y el lector, porque pone en primer lugar la circunstancia humana en la que todos estamos envueltos. Los temas trágicos e incluso cómicos de la vida devoran al lector en su torbellino y la lectura se convierte en el foco de una revelación.

 

¿Cuáles son sus relaciones con España, país donde tanto se aprecia su obra?

Soy nieta de españoles. Me honra esta raíz. España tiene en mi corazón su santuario. Tengo allí una parte de mi genealogía que se extiende hasta los catalanes. España es otra patria que me acompaña en la memoria que guardo de mi abuela Mercedes, que tuvo a su cargo un espacio muy importante en la formación de mi carácter. La recuerdo tierna, íntegra, domada por una espiritualidad que enfrentó la precariedad de una emigrante pobre y viuda. Fue ella quien en sus primeros relatos sobre su lejana tierra me describió la nieve y me leyó aquellos primeros poemas que perpetraron en mí un deseo insaciable por hacerme yo misma palabra. El único homenaje que he podido hacerle a mi abuela española es haber publicado varios libros en la propia España; es haberla llevado en esas leves exhalaciones de regreso a la patria a la que nunca regresó físicamente. Allí me quedan amigos que eventualmente escriben a través del correo. Algunos son cubanos que residen allá y otros son nacidos pero siempre cuando vuelven traen en sus camisas un polvo muy amado que reconozco por el olor de los manzanares y de los cortijos. Es el olor de aquella abuela en cuyos brazos me refugiaba durante los aguaceros y en las noches tan profundas del verano.

 

¿Si tuviera que elegir entre sus muchos libros con cuál se quedaría?

Con todos, pero tendría sobre mi mesa de noche el segundo, Al sur de mi garganta, no porque sea la obra que considere más acabada, es justamente la más ingenua, es el libro de una lejana juventud y que me abrió las puertas a las editoriales. Gracias a este pequeño libro pude conocer a muchas personas y pude acceder a un pueblo que ha prevalecido sobre este corazón de noventa y cinco años de vida.

 

¿Qué valor le da Carilda a su prosa?

Nunca he sido una prosista, más bien la poetisa escribió algunos relatos que son poemas extendidos, largos poemas sobre asuntos que no pudo poner en los sonetos ni en los romances y ni siquiera en la libertad de los versos informales. Quizás hubiera escrito más prosa, pero todos sabemos que requiere de una disciplina espartana y yo prefiero convivir con la poesía a merced de esos romances trashumantes que cumplir los rigores y la formalidad de un matrimonio. Así que esos libros que tú llamas de prosa, digamos que son otros libros de poesía.

 

¿Qué significa Cuba para Carilda?

Es mi asteroide, mi ración de mundo. Es más que el cielo, que el mar, que estos ríos que me cruzan con sus palomas y sus puentes. Cuba es la artesa de un amor manifiesto en seres tan poderosos como indestructibles. Cuba es lo que de ella surge, es la gente, el ser humano devenido de una magia incomparable. Siempre será para mí el hombre y la mujer que rueda de sus entrañas. Esos hijos, esos hermanos míos, tienen una pureza muy esencial como el oro más limpio, traen de antaño la virtud y el honor en sus semillas, y están hechos exclusivamente para el amor y para la alegría.

 

¿Le queda algo por decir a la poeta o a la persona?

Siempre nos quedan confesiones que el silencio rastrilla, pero sobre todo siempre nos quedarán muchas cosas que el amor no recoge, por falta de tiempo, de sabiduría, o porque simplemente no somos perfectos. Pero la poesía necesita inexorablemente de esa humildad hacia la que nos inclina el amor. Si de pronto ya no quedara nada que decir, eso sería porque de veras estoy envejeciendo, al punto de que el amor se enfríe, al punto de cerrar las únicas puertas que pueden permanecer abiertas sin miedo a que nadie nos robe, las puertas del alma. Aunque, si me permites decirlo aquí, ahora mismo, quiero decir gracias, gracias a esos que me sostienen viviendo mis poemas porque cuando el poema es dado para otro y el otro lo recibe, una tiene la sensación de otra vida, de un doble existir.

 

¿Qué piensa que ha cambiado en su forma de decir desde Al sur de mi garganta?

He madurado, pero la intención continúa incólume. Al sur de mi garganta constituyó un manifiesto para trasladar a un espacio público mi suceder personal. El libro es una tribuna desde la que una mujer declara la fortaleza de su género, y donde permite que el propio cuerpo se extienda hacia la patria, hacia la sociedad porque en esa política poética puede abarcarse al ser humano despojado de todas las asimetrías construidas por la norma y los prejuicios. Es eso la poesía, el encuentro afortunado con una libertad absoluta que no puede limitar el tiempo ni las ideologías. No existe otra manera de abatir a la mortalidad que prevalecer en ese estado de juventud espiritual.

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