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Cuando Enrico Caruso estuvo en Cuba

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La Habana de las primeras décadas del siglo XX llegó a ser una plaza convincente para todos aquellos melómanos que, entusiastas de la ópera, se deleitaban con este género tan apreciado en el Viejo Continente. La presencia de muchas figuras del llamado bel canto, y de importantes empresarios que organizaban largas y esperadas temporadas, le confirieron a la capital de Cuba, una bien ganada reputación.

En los teatros habaneros y en algunos otros de provincias a lo largo de la Isla, se aplaudieron a célebres intérpretes y compañías. En 1902, se estrenó la ópera de Puccini,Tosca, en el teatro Martí; su presentación colmó su sala durante varias semanas. En 1915, para la inauguración del nuevo teatro Principal, se ajustó una temporada operística con la puesta de Aida, de Verdi, cuyo reparto, al decir de la crítica de entonces, resultaba digno de La Scala de Milán.

La Bohéme, Madama Butterfly, Carmen, Manon, El barbero de Sevilla, y otras muchas obras del repertorio de las compañías europeas que también debutaban en los teatros neoyorquinos o en los bonaerenses, dejaron en el público cubano su impronta y una singular inclinación por estos espectáculos. Voces privilegiadas como las de María Gay, de origen español, y la de su compañero Giovanni Zenatello, cantante y empresario, o las de Titta Ruffo, Tina Poli-Randaccio, Tito Schipa o Hipólito Lázaro, este último verdaderamente acreditado entre los miembros de la colonia española residente en la Isla, aparecían con frecuencia en los programas y eran reclamados a teatro lleno y en los salones más elegantes y privilegiados de la ciudad.

Pero la demostración más evidente de ostentación del bel canto en la Isla se produjo en la década de 1920 con las presentaciones en el Teatro Nacional del tenor napolitano Enrico Caruso, cuya extraordinaria y potente voz, rica en tonos y depurada por la técnica, venía acompañada por un sui géneris temperamento teatral y una bien dispuesta proyección escénica, cualidades que lo convirtieron en el virtuoso más aclamado de su época.

Contratado por el empresario italiano Adolfo Bracale por la fabulosa cifra de 90 000 pesos —honorario muy superior al que recibía por sus salidas a la escena en el Metropolitan Opera House de Nueva York—, el debut de Caruso tuvo lugar el 12 de mayo de 1920. La Habana lo vio y escuchó por vez primera en la ópera cómico-romántica Martha o la feria de Richmond del compositor alemán Friedrich von Flotow, cuyo éxito venía garantizado por las interpretaciones que el tenor había realizado en el afamado teatro neoyorquino.

Los precios de taquilla se dispararon a cantidades nunca antes supuestas y con ellos la opinión pública. La prensa emitía sus críticas, y los aficionados a la ópera, que en el país no eran pocos, comentaban en sus círculos y tertulias cada una de las funciones que Caruso dio en la capital. Al concluir su contrato, el teatro le adjudicó una presentación a su favor donde el divo caracterizó uno de los payasos de la obra de su coterráneo Ruggero Leoncavallo, y cantó el segundo acto de Elíxir de amor. Por sus condiciones artísticas le fue entregada, en aquella presentación, una medalla de oro.

La temporada habanera del Gran Caruso, que debería acabar el 13 de junio con una función de regalía a favor de sus admiradores de menos recursos, finalizó, a consecuencias de un sabotaje, en un verdadero sainete. Una bomba que estalló en los servicios sanitarios del teatro puso en estado de pánico a los artistas y a todos los que allí se encontraban. El tenor, que encarnaría el personaje de Radamés de Aida, con el vestuario de escena, abandonó despavorido el lugar. El resto de lo que se ha dicho, sea veraz o imaginario, adquirió desde aquel instante, ribetes de leyenda urbana.

 

Enrico Caruso regresó a Estados Unidos, pero antes de dejar para siempre a Cuba, viajó al centro de la Isla y presentó en los teatros La Caridad, de Santa Clara, y en el Terry, de Cienfuegos, algunas piezas de su extenso repertorio. En ambas plazas solicitó a las autoridades empresariales —tal vez en desagravio a aquellos de bolsillos exiguos— que se abrieran las puertas y ventanas para que todos los que no habían podido acceder a las instalaciones, pudieran experimentar también el gozo que proporciona la música.

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