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Dulce María Loynaz y el canto del cisne

Dulce Maria Loynaz

Hace falta valor para que un poeta encuentre en el silencio las claves que Dulce María Loynaz  halló: Seré menos que el cisne —había profetizado— no dando a la vida ni el último aliento. Y de esta manera murió hace veinte años cumplidos este último abril.

Así, en 1958, tras escribir los extensísimos versos de Últimos días de una casa, la única mujer cubana que obtuviera el Premio Cervantes se aferró a ese voto que quiso cumplir durante el resto de su vida y decidió que era hora de morir, al menos para la literatura, pues fue longeva y en sus años de ancianidad abrió las puertas de su mundo a jóvenes generaciones que la redescubrimos.

Las razones de su conducta son un misterio que no intentaré descifrar. Pero no fue necesario que Loynaz continuara urdiendo palabras y argumentos para legarnos una de las obras más intensas de la literatura cubana del siglo XX, en las que sobresale su novela Jardín, tan inclasificable que durante muchos años fue relegada al ámbito de las curiosidades y solo ahora comienza a ser valorada en su justa dimensión.

Gabriela Mistral la calificó como “el mejor repaso de idioma español que he hecho en mucho tiempo” y ello puede extenderse a toda la producción poética de una autora rigurosa y precisa, cuya maestría idiomática se acerca a la de los clásicos y que no necesitó violentar las reglas de la gramática para expresar toda la gama de sentimientos y reflexiones que recorren su poesía y su prosa desde los comienzos hasta el final.

“Esta novela —recorrido original por todo el ámbito del romanticismo, modernismo y vanguardia— gira entre dos polos esenciales: esclavitud y vanguardia (…) en definitiva, la proposición de la novela creemos que es la de señalar un camino”. Así opina la lucidísima poeta cubana Fina García Marruz.

Y he aquí entonces una buena lección para los escritores de todos los tiempos: es posible innovar partiendo de la tradición, porque las rupturas también pueden ser la consecuencia de un profundo respeto a las convenciones.

Cuando en 1984 la Editorial Letras Cubanas publicó las poesías escogidas de Dulce María Loynaz muchos tuvimos la falsa impresión de que se trataba de una autora un tanto demodé, perdida en los estertores de un postmodernismo bastante alejado del lenguaje que por entonces prevalecía de manera canónica.

Después comprendimos —al menos así lo hice yo— que la poesía es más que una búsqueda formal y nos adentramos en ese mundo lírico, compuesto de sajaduras y esperas con que Dulce María vio derrumbarse su mundo sempiterno y fue capaz de confesar que ella era la Casa: más que piedra y vallado, más que sombra y que tierra, más que tierra y que muro. Porque ella —así dijo— era todo eso y era con alma.

Su silencio no debe sorprendernos. Exigir a un autor que continúe escribiendo hasta el fin de sus días es un acto que puede conspirar contra esa plenitud que la obra de Loynaz rezuma precisamente porque la novelista y poeta no quiso ser ese cisne que se acerca a la muerte cantando lo que no cantó en vida.

Tanto sus libros de poemas como sus dos libros de prosa contienen todo lo que la autora quiso legarnos: ese sentido de la belleza y ese estilo fino y firme al que se refirió el escritor José Zacarías Tallet.

Hoy, a veinte años de su muerte, Dulce María Loynaz se nos hace menos enigmática y más contemporánea.

Respetar el silencio con el que quiso despedirse de nosotros es la mejor manera de aquilatar lo que muy bien supo decir en su momento. En ella vive la historia de una mujer y un jardín.

“No hay tiempo ni espacio, como en las teorías de Einstein. El jardín y la mujer están en cualquier meridiano del mundo —el más curvo y el más tenso— y en cualquier grado —el más bajo y el más alto— de la circunferencia del tiempo”.

Y como en su poesía y en su silencio: “Hay muchas rosas”.

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