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La Habana: a la sombra de una ceiba

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Cientos de capitalinos participan cada 16 de noviembre —fecha de la fundación de San Cristóbal de La Habana en 1519— en un rito forjado en el sincretismo de creencias africanas, principalmente del panteón yoruba, y españolas, presentes en el imaginario popular de la nación.

Acuden a El Templete, pequeña edificación de corte neoclásico levantada en el sitio donde se ofició la primera misa y se impuso el Cabildo fundacional, muy cerca de la espléndida bahía de Carenas o de La Habana. Allí, tras aguardar en larga fila, cada cual espera su oportunidad de, en fecha tan significativa, poder dar tres vueltas a la ceiba allí plantada y pedirle sus bendiciones y deseos.

Cuenta la historia y la leyenda que los oficios se realizaron a la sombra de una frondosa ceiba, la cual se mantuvo en pie hasta el siglo XVIII.

Este árbol, presente en la franja tropical de América y en África, siempre fue conocido en la flora autóctona, aunque sin abundancia significativa de ejemplares.

Desde la fundación, muchos árboles de esa especie han presidido los festejos, manteniendo el simbolismo sobre su majestad e influencia.

Este 2016 no está la añosa planta que tuvieron que retirar el pasado marzo, luego de poco más de 50 años de presencia en el lugar.

El 16 de noviembre se dedica, si se quiere, a la veneración de la ceiba, una sagrada y simbólica, tanto como la palma real, que es el árbol nacional del país.

El culto a la ceiba, que algunos especialistas han considerado como una creencia religiosa casi independiente, incluye a diversos sectores de la sociedad: blancos y negros, urbano y rural y se extiende sin distingos por toda la geografía cubana.

La ceiba que este año recibe a los capitalinos, un vigoroso ejemplar de 15 años y ocho metros de altura, traído de la localidad de Las Terrazas, Artemisa, fue recibido por la ciudadanía y el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, en marzo pasado, luego de que se cumplieran todos los requisitos necesarios mandados por las deidades para conjurar los malos augurios de la remoción.

Una buena parte de las creencias en torno al mítico árbol proviene de la religión yoruba, pues esa religión lo valora como sagrado o árbol de Dios.

Según predica la tradición, caminar alrededor de una ceiba, dar tres vueltas, tocarla y hasta besarla, atrae prosperidad. Y aunque no es el verdadero iroko de la cultura africana madre, también se le llama iroko por estos lares. En su copa viven los espíritus de las deidades, por lo que encierra un gran poder, aconsejable no usarlo para el mal. Determinados ritos pueden atraer salud, suerte y desarrollo profesional.

Nadie se atrevería a cortar una ceiba en Cuba sin permiso de las deidades. Y existe también la creencia, muy arraigada, de que es un árbol respetado por el rayo y las tormentas. Se le considera expresión de lo eterno, de la vida, de la fuerza y la unión.

De acuerdo con los diversos credos que la veneran no solo habitan en ella los espíritus de las deidades. También de todos los muertos, blancos y negros, que han vivido en esta tierra. Incluso una deidad del vudú. Además, se dice que alberga a la Virgen María y al Niño Jesús, que en ella tuvieron que refugiarse cierta vez que eran perseguidos. Por eso incluso se le llama el árbol de la Purísima Concepción.

Además de iroko, de la Purísima Concepción, o de Dios se ha llamado también a esta especie en Cuba “Fortuna-Mundo” y “Niña-Linda”, costumbre que le atribuyen a los mayomberos del campo.

Como es santa y está bendita nunca debe usarse para causar mal el mal, se insiste, pues cuando le proponen acciones maléficas es capaz de llorar.

Los creyentes que veneran el magnífico árbol de grueso tronco y copa de gran envergadura la tratan con gran respeto. Jamás pisan su sombra sin pedirle permiso y nunca le dan la espalda al alejarse de ella. Les ofrecen sus ofrendas tratando de cumplir con rigor los mandamientos religiosos. De no ser así, la ceiba puede no perdonar.

Es así que la lozana ceiba visitada este 16 de noviembre por los habaneros recibe todo el respeto y amor de los capitalinos. Se colocó 60 metros cúbicos de tierra fértil, para asegurar su salud por largo tiempo y se estudia la construcción de una pasarela que mitigue el efecto de tantas esperanzadas pisadas a su alrededor. Para que ese símbolo sagrado dure mucho tiempo.

 

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