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La Habana en blanco y negro que se nos va

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Ya quedan muy pocos, solo tres acuden asiduamente al Parque Central de La Habana, tal vez su último reducto, a ejercer el viejo oficio de “minuteros”, o fotógrafos de cajón. Allí, sus servicios son requeridos por turistas foráneos y algún que otro paisano de la tierra, deseoso de una imagen con el velo de un tiempo pasado o de eternidad, según se mire. También, una fe de su paso por la Ciudad Maravilla, añeja y actual, con antiguayas y magias como esa, que le añaden encanto en sepia.

José del Toro Hernández, el Pepe, como prefiere nombrarse, es uno de los pocos sobrevivientes del paso del tiempo. Debido a la reparación general del majestuoso Capitolio Nacional, el cual recuperará sus funciones político-administrativas como sede del Parlamento, el Pepe ha recalado en el emblemático parque, frente por frente al Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.

Por allí cerca anda el también muy conocido Abundio (Abundio Pagés Ortiz) y un señor moreno, integrante de la persistente tríada de últimos minuteros.

Cuentan que cuando eran muchos y en el negocio competían chinos y cubanos, a principios del siglo XX, los minuteros se esparcían por la Plaza de la Fraternidad, la Fuente de la India y, por supuesto, el sitio preferido, escalinata y jardines del Capitolio, donde siempre se las arreglaban con sus mañas para que su cúpula, de 94 metros a partir de la acera, saliera en la foto. Así la preferían los clientes.

Por aquel entonces muchas personas del interior del país soñaban con la instantánea del Capitolio, que luego mostraban alegremente a sus amigos y parentela, de regreso al terruño.

Desde inicios de los años 80 comenzó el joven Pepe en un oficio que heredó de su familia: padre, abuelo y bisabuelo, afirma. Todavía utiliza la vieja Eastaman Kodak neoyorquina de su bisabuelo, dice que de 1900. Por supuesto, un equipo muy innovado y casi camuflado, para su protección, que encierra en su interior, como la de todos, un auténtico laboratorio para el revelado y la impresión.

El principio es el de la cámara oscura, sin rollos. Necesitan papel fotográfico, muy difícil de obtener hoy día para los minuteros, quienes reciben donaciones de manos amigas.

El fotógrafo suele colocar al cliente en el lugar deseado, casi con la misma donosura y amabilidad de sus antecesores. Y en pocos minutos, que en caso de Pepe son alrededor de seis, se obtiene la foto, después de apretado el obturador.

Pepe del Toro dice que cuida más a esta cámara que a su propia mujer. “Eso lo sabe ella, dice mientras ríe, porque da de comer a mi familia”. Pero más que un arte y un negocio, que es ambas cosas, está convencido de que “Esto es mi vida”. Y se siente orgulloso de haber seguido la tradición familiar.

Abundio también cuenta con una notable experiencia, nacida en su juventud y a mediados de los años 80 del siglo XX. Ha pasado las verdes y las maduras, en los años de mayor rigor económico en los 90, pero nunca dejó su ocupación. Recuerda con afecto el documental Quietos… ¡Ya!, que los sacó por primera vez a la palestra pública en 1987. Cuando aquello, ya quedaban nueve.

No solo mortales comunes y corrientes han tenido el gusto de ver plasmada su imagen en blanco y negro, con las antiguas cámaras. Cuentan que famosos cantantes y personalidades del arte mundial han posado para ellos, pero no recuerdan sus complicados nombres.

En los 80 y 90, todavía se usaban mucho los encargos con montajes, pues ciertos clientes querían aparecer al lado de cosmonautas o artistas famosos, rodeados de corazones o flores, por el Día de los Enamorados y ellos, caballeros del lente al fin, como siempre, los complacían. Y eran tiempos en que no había nacido el Photoshop. Quien lo diría. Recuerdos de una Habana en blanco y negro que se nos va.

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