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Legna Rodríguez: un premio Casa para la nueva generación de escritores cubanos

Legna

A pesar de su corta edad que no supera los treinta años, la joven escritora cubana Legna Rodríguez acaba de obtener el Premio Casa de las Américas (considerado el más prestigioso de América Latina) en el género de Teatro.

Conocida hasta ahora como poetisa y narradora, Legna incursiona esta vez en el género dramático con una pieza titulada Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta, que según refirió a Más Cuba, trata de dos personas enfermas que van a morir pronto, y lo saben pero no les importa mucho.

Incluso en los días finales —añade— la esencia del ser humano, el deseo, supera cualquier dolor. El cáncer, enfermedad que buena parte de la población mundial, es tal vez lo peor que conozco. Si algo no debería existir es eso.

De viaje por Miami, la joven autora recibió la noticia después de darse a conocer en la ceremonia de premiación en La Habana.

Había —dice— varios mensajes en mi buzón de Messenger, Facebook, avisándome del Premio, pero fue a través de Rogelio Orizondo, dramaturgo cubano y mención en el mismo certamen que yo, quien llamó a una amiga suya para que me avisara porque en mi teléfono salía la contestadora.

“Pasó una hora sin que yo diera realmente crédito a la noticia. Me encantó la fecha: 28 de enero, nacimiento de José Martí. Tengo un Martí rosado tatuado en mi muslo derecho, como una marca para siempre”, expresó.

Legna Rodríguez añade que hace una semana está sin trabajo, “sin tantas cosas, así que la alegría de un reconocimiento tan americano y grande tal vez logró que sonriera, riera, saltara, gritara, aullara. Al rato llamé a mi casa, en Camagüey, para decirlo a mamá. Y mamá también saltó, aulló, gritó. Ver orgullosa a mamá fue otra satisfacción”.

Esta, la que concedió a Más Cuba, es la primera entrevista realizada a Legna Rodríguez después de saberse los resultados del concurso en el que participó.

Ella está, como ya dijimos, en Miami, “sin trabajo y sin nueces, buscando dinero para pagar la renta, el teléfono y el bus. Espero descender en La Habana por la escalerilla del avión muy pronto y poner los pies en esa ciudad y corretear por sus calles como una niña de seis años. La Habana también es un premio”.

Ganadora de muchos otros reconocimientos en su país, Legna Rodríguez se mueve con igual talento por todos los géneros de la literatura.

Me encanta ese verbo: mover —expresa—. Uno debería estar en constante movimiento, espacial y mental. Yo persigo eso: el movimiento. Estática y cinética, las dos cosas a la vez, un verdadero caos, una verdadera crisis, una tensión.

Me siento cómoda —agrega— logrando escribir algo que me tense las falanges, la lengua, el estómago. Lo demás es forma y recursos, herramientas, disciplina. Me siento cómoda cada vez que soy consciente de mi imaginación.

Don Quijote es uno de los libros que la entrevistada conoce desde edad muy temprana. Nos obligan a leerlo cuando apenas sabemos abotonarnos la falda —manifiesta— y ahí empiezan las deudas con la literatura. Una deuda eterna.

Legna pertenece a una generación que apenas comienza a presentar sus credenciales en el panorama literario cubano. Sin embargo, especialmente ella, ya es reconocida por la crítica de la Isla como una de sus autoras imprescindibles.

Ahora, de la narrativa y la poesía, salta al teatro, donde ha obtenido un galardón que es el más importante entre todos los que ha merecido.

¿Qué opina de este género que tiene un gran desarrollo en Cuba?

La actualidad —comenta— es como los premios: efímera. Conozco a los dramaturgos Nara Mansur, Rogelio Orizondo y Marcos Antonio Díaz. Los he mirado a los ojos y me he querido casar con ellos. Son hermosos y actuales. Son niños de seis años que corretean también por calles peligrosas.

Sin embargo, a nuestra entrevistada la fascina el cine. “Pienso en ese lenguaje cada vez que pongo una palabra. La palabra movimiento da fe de lo que digo. Mis poemas y mis historias son películas”.

A pesar de las tantas veces que ha sido premiada en concursos literarios, Rodríguez no se deja deslumbrar por ellos. Pero no los desdeña.

Los reconocimientos, opina, dan crédito, proporcionan una alegría efímera que hace bien. Y la alegría hace bien siempre.

Legna no ha dejado un momento de trabajar. Me cuenta que hace unos meses terminó un libro de sonetos: es fascinante, reflexiona, haber hecho eso que para ella fue como “los doce trabajos de Hércules”.

“Cada soneto fue un triunfo. Y ahora mismo termino un libro de textos que podrían conformar una novela o un libro documental, no sé. Solo sé que es delirante, doloroso y trágico. Y si eso es una tragedia… yo también lo seré”.

 

 

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