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Los dones de Guanahacabibes

guanahacabibes

Romper a hablar del Parque Nacional Guanahacabibes no es cosa sencilla cuando se quiere empezar por lo más importante.

Declarada por la Unesco Reserva de la biosfera —una de las seis del país— desde 1987, esta península del confín occidental de Cuba, en la provincia de Pinar del Río, deviene una región de múltiples dones naturales e históricos.

Guanahacabibes es una llanura cársica (sur) y pantanosa (hacia el norte), de forma alargada y estrecha, ligeramente orientada al norte como conjunto. En realidad se trata de dos pequeñas penínsulas, una nombrada Cabo de San Antonio y otra Cabo de Corrientes, unidas centralmente y bifurcadas al norte y sur.

Con una extensión de 1 625 kilómetros cuadrados, esta tierra muchas veces vapuleada por la propia naturaleza es un área protegida donde se llevan a cabo proyectos de desarrollo sostenible. Comparada con otras regiones cubanas, está entre las de menor impacto antrópico, aunque tampoco es un enclave virginal o deshabitado.

Unos 300 sitios arqueológicos nos asoman a sucesos vinculados a la historia precolombina y de tiempos coloniales. De ellos, unos 100 corresponden a las culturas taína (agroalfarera) y siboney (recolectora), asentadas en diferentes puntos y cayos aledaños a Guanahacabibes, por cierto nombre aborigen que tal vez signifique “lugar donde viven las iguanas. Entre los demás se encuentran restos de navíos hundidos, pecios que descansan cerca de muy hermosas barreras coralinas.

Los lugareños más antiguos repiten viejas consejas sobre tesoros sumergidos o enterrados. No tienen un origen fantástico pues esa zona fue área de un intenso tráfico de piratas y corsarios, fundamentalmente en los siglos XVI y XVII. Las playas de esta península muchas veces dieron refugio y alimento a aquellos osados hombres de mar. Posiblemente de esos tiempos viene el nombre del sitio recordado como Punta del Holandés.

También desde el XVII comenzaron a establecerse algunos colonos españoles en hatos y corrales, quienes se dedicaron en lo fundamental a la ganadería y la explotación forestal. Sus descendientes se inclinaron además a la actividad pesquera, a la agricultura de subsistencia y al desmonte de bosques, lo cual era una actividad indiscriminada e irresponsable en aquellos tiempos.

En la toponimia de aquellos parajes de hirviente vida silvestre, predominan nombres con cierto sabor arcaico y hasta místico, como se verá más adelante, recordatorios de sucesos allí acontecidos o de legendarios personajes.

Para empezar mencionaremos a la Ensenada de Cortés, cerca del Faro del Cabo de San Antonio, desde donde partió Hernán Cortes en el siglo XVI, a la conquista de México.

Con cierta fama secular de sitio salvaje e inhóspito, esta es una verdad a medias que comenzó a cambiar cuando se le empezó a mirar de modo diferente, con el espíritu conservacionista y armónico de hoy.

Cierto es que en su relieve predomina el carso, mediante el erizado diente de perro, cuevas, lagunas de agua dulce y salobre, cenotes y casimbas, que son hoyos y pozos acumuladores de agua.

Hacia el norte, las costas son acumulativas, bajas y pantanosas y allí se encuentra la ciénaga de los Remates o de los Negros,

Tampoco la surcan ríos ni manantiales superficiales, pero en cambio hay cavernas y poderosas corrientes subterráneas que afloran a veces, como en la playa Gutiérrez.

De acuerdo con los geólogos, esta llanura marina plana, cársica y aterrazada, de escaso escurrimiento y suelos arenosos y delgados, se sustenta sobre rocas carbonatadas del plioceno superior al pleistoceno inferior Allí, en una época relativamente reciente en la edad de la Tierra, hubo movimientos tectónicos que le dieron esas características.

Su clima es tropical, con niveles de insolación muy altos. La temperatura promedio oscila entre los 25 y 26 grados Celsius.

Aunque sus suelos son poco propicios para la agricultura, hay importantes formaciones vegetales, muy bien conservadas en Guanahacabibes. Abundan los matorrales xeromorfos costeros y subcosteros, los bosques siempreverdes y semideciduos, así como de encinos y formaciones de ciénaga.

El equilibrio entre los vegetales latifolios y coníferas es aprovechado racionalmente como recurso forestal para la obtención de carbón vegetal y otros usos.

De las 461 especies botánicas reportadas, de las cuales 17 son endémicas locales, unas 120 son maderables. No podemos dejar de citar la caoba (Swietenia mahagoni), árbol de madera preciosa, casi legendario por los contornos.

La península es uno de los corredores de aves migratorias más importantes de la Isla, así como sus bosques son santuario

La florística exhibe cerca de 110 especies, 14 endémicas locales de aves autóctonas como el simpar zunzuncito (especie de colibrí) y el tocororo (ave nacional), la paloma perdiz, en la lista de las aves amenazadas, y la cotorra verde (Amazona leococephala) cubana, por solo citar algunas. En total hay unas 150 especies de aves, 11 de ellas endémicas.

Los insectos proliferan debido al componente cenagoso y la acumulación de humedad de la zona, por lo que hay un riguroso control de vectores. Pero entre los más bellos y agradables de ver están las mariposas.

En sus dos reservas naturales viven más de 30 especies de reptiles, con poblaciones estables de iguanas y el cocodrilo americano (Crocodylus acutus).

Entre los mamíferos están dos especies de la llamada jutía cubana (Capromys pilorides y Mysateles prehensis), un roedor arborícora muy carismático, así como especies de lagartijas y de ranas.

Unas 20 playas se esparcen por sus litorales, entre las cuales la más afamada es la de María la Gorda, donde hay un Centro Internacional de Buceo contemplativo y se estimula la pesca deportiva para el turismo. Las aguas de la península son las de mayor biota del país. Pero la pesca está prohibida y es muy controlada para los vacacionistas, quienes solo aplican el sistema de captura, conteo y liberación, para salvaguardar su riqueza.

Las playas más recoletas son el sitio más seguro para la nidificación de las cuatro especies de tortugas marinas cubanas existentes, de las siete reportadas en el mundo. Al respecto, la actividad científica y el apoyo del hombre, ha sido vital.

Otras playas bastante nombradas son las de Las Tumbas y El Perjuicio.

Los poblados de la Bajada, donde funciona un radar meteorológico que también escudriña el Golfo de México y de El Vallecito y Valle San Juan, son los principales asentamientos, junto a otras comunidades dispersas como Las Martinas y Ensenada de Cortés. Unas 40 mil personas posiblemente habiten Guanahacabibes. Por lo general, aunque históricamente su natalidad nunca fue muy baja, las personas migraban hacia otras regiones.

Situado geográficamente en la ruta casi obligada de algunos huracanes que circulan por el Caribe, cada temporada de junio a noviembre, es una región tradicionalmente castigada por los meteoros. También por los frentes fríos norteños.

Pero la capacidad regenerativa de este laboratorio natural es sorprendente, con la ayuda tenaz del hombre, cada vez mayor y especializada.

La última afectación de peso se registró tras el huracán Iván, en el 2004, que la rozó apenas, pero con la categoría cinco, la mayor prevista en la escala Saffir Simpson. Todo el país vio el enorme desastre ecológico.

A poco más de un año, la reserva estaba prácticamente recuperada.

Los recientes Gustav e Ike apenas le causaron daños. Se observaron quemaduras en el follaje de los árboles de los linderos de los bosques y en fondos coralinos, por la violencia del oleaje.

 

Nada, Guanahabibes también es una tierra que siempre renace, y este es otros de sus mil dones. 

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