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Malecón de La Habana: 115 años en el alma de la ciudad

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Aunque a los capitalinos les parece que siempre ha estado ahí, hubo un tiempo nada lejano en que su afamado Malecón no existía. Solo mar abierto —ya no hablamos de la resguardada bahía de bolsa a cuyos pies nació la villa— y algunos arrecifes endemoniados se ofrecían a la vista en aquel camino de una población engrandecida y en dirección a occidente.

En el siglo XIX existieron en la costa algunas casetas de madera en zonas acogedoras y recoletas, en casi improvisados balnearios, de mayor o menor rango, pero siempre dedicadas al esparcimiento de pudientes y otros sectores.

De modo que las obras del actual Malecón, comenzaron en rigor en 1901, durante la intervención norteamericana. Y ese año se tiene como el inaugural, pues ha sido una empresa de gran envergadura que transitó por largos estadios de tiempo, llegados hasta mediados de la pasada centuria.

Empero, cuentan que mucho antes, en la sexta década del siglo XIX, un prominente habanero, el coronel de ingenieros Francisco de Albear y Lara, creador del excelente acueducto de la ciudad, propuso construir un paseo marítimo que debía levantarse de forma paralela al litoral. No sería una vía a ras del suelo, sino una construcción elevada, protegida del fuerte oleaje y vientos de los “nortes” del invierno.

Desde el proyecto inicial de Albear, corrió un tiempo en que la ciudad siguió expandiéndose de forma indetenible y se salió de los muros que la contuvieron en el este. Sin embargo, su proyecto no prosperó, dicen que por el costo.

A principios del siglo XX se estimó que no era factible hacer un paseo con árboles y luminarias en un área tan expuesta al embate de los elementos. Se consideró más práctico construir un muro continuo, macizo y conciso, para frenar la fuerza del mar.

El primer tramo fue inaugurado en 1902 e iba desde el Castillo de la Punta, desde el Paseo del Prado, hasta la calle Crespo. Muy cerca de la Punta se colocó una glorieta, muy al uso de la época y cerca se construyó el elegante hotel Miramar.

Esa nueva vía nació con el nombre de Avenida del Golfo, pero los capitalinos pronto comenzaron a llamarla Malecón.

Poco a poco el singular muro de concreto fue ganando en extensión. Con el arribo a La Habana del arquitecto y paisajista francés Jean Forestier, en 1925, el Malecón y otras obras de la ciudad tuvieron un singular impulso.

Este especialista fue el que propuso construir también el muro que se adentraba en la parte vieja de la ciudad, desde el inicial enclave de la Punta. El tramo que fue de la Punta a los muelles, se denominó Avenida del Puerto, apelativo que sí permanece y es otra área privilegiada del Centro Histórico de La Habana, en actual renovación y rescate.

Allí se levantaron después el Anfiteatro de La Habana, escenario de vistosos espectáculos de óperas modernas, el parque José de la Luz (eminente educador decimonónico), y el pétreo Castillo de la Fuerza, el primero del sistema de fortificaciones coloniales cubanas.

En sentido contrario, hacia 1930 el Malecón había llegado a la calle G, de la próspera barriada de El Vedado, donde los ricos erigían palacetes y se creaban instituciones administrativas y artísticas impresionantes, además de bellos hoteles.

En 1950 consiguió un singular impulso cuando llegó al Torreón de la Chorrera, en la desembocadura del emblemático río Almendares. En esa década, la construcción de tres túneles bajo agua, que enlazaron importantes tramos de la ciudad, incrementó el volumen de circulación del Malecón, redoblando su importancia no solo como obra de arquitectura paisajística y cara de la ciudad, sino su valor utilitario.

Forman parte del espacio por donde pasa el Malecón habanero, los monumentos al Generalísimo Máximo Gómez, dominicano entrañable para los cubanos, uno de los padres de las gestas libertadoras y del Lugarteniente general Antonio Maceo, otro héroe descollante de las campañas de independencia.

Hoteles emblemáticos el Nacional, construido en la década de 1930, así como Riviera y Deauville, en la década de los 50, fueron instalados en la vía, con vistas espectaculares hacia la incomparable bahía que es orgullo de los capitalinos.

Pero el Malecón es más que una importante arteria de circulación, dotada de plazas espaciosas o lugares de recreo. Desde su nacimiento fue punto de encuentro, festejos y placeres de habitantes y viajeros. El amor, la amistad, la familia y la belleza de buenos sentimientos y del entorno natural, no siempre calmo, siempre se han conjurado en una complicidad especial, de la que solo saben sus secretos los paisanos.

 

Hoy, al cabo de los años el Malecón de La Habana forma parte del alma de la ciudad, cuyos habitantes sin dudar identifican como azul, parlanchina, abierta, cosmopolita, amigable, estandarte, hospitalaria y de vida cotidiana y nocturna fascinantes. Cualidades que se aprecian, si usted sabe verlo y no se equivoca, desde el Aleph que quizás sea el Malecón habanero.

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