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¿Qué busca?: ¡Estatuas!

estatuas vivientes

Con la originalidad y el aporte de la cultura autóctona y de los tonos restallantes del trópico, la moda mundial de las estatuas humanas o estatuas vivientes como quiera usted llegó a la Isla con intenciones de quedarse, gracias a la entusiasta acogida de los transeúntes, sean viajeros o naturales, niños o adultos.

Aproximadamente desde comienzos del milenio las calles y alguna que otra plaza de La Habana Vieja, Patrimonio de la Humanidad, se han convertido en el decorado ideal para las exhibiciones e incluso algunos performances de las estatuas isleñas.

Pero antes, en la segunda mitad de la década de los 90 habían comenzado a verse esporádicamente en algunas instalaciones turísticas en diversos puntos del país o en ferias del ramo.

Este arte de origen lejano, asociado a representaciones teatrales y hasta el espionaje en las antiguas Grecia y Roma, el Egipto de los faraones, pasando por la Edad Media y el Renacimiento, ha resurgido con fuerzas en numerosas ciudades del mundo desde comienzos de los años 90 del pasado siglo.

Los cubanos empezaron, como los artistas de Las Ramblas de Barcelona dicen que allí empezó el furor, Buenos Aires, Ciudad de México o Bogotá, con largos períodos de inmovilidad, solo rotos por armoniosos cambios de posición o un gesto de agradecimiento ante la bondad del viandante.

Ahora, como en otros lares, se mueven más y aunque la mayoría son autodidactas en materia de estatuismo, todos han cursado estudios y han buscado la manera de investigar a fondo sobre sus personajes, aplicar recursos de pantomima, actuación, algo de clown y hasta de la meditación yoga.

El ser humano detrás del maquillaje de colores dorado, plata, semejante al barro o que simula madera, con el vestuario de rigor de acuerdo con el rol asumido, representa a “su estatua” desde adentro y eso lo hace muy convincente, fantástico y seductor.

Esto lleva un trabajo previo riguroso. Hay también mucho de arte en la presencia física de cada estatua y se dice que no siempre las pinturas usadas resultan inocuas para la salud.

Si a ello se añade la canícula presente casi todo el año en la Isla, también podríamos hablar casi de heroicidad en ese asunto de hacer el papel de estatuas con el clima tropical.

Este también llamado Teatro del silencio es una manera hermosa y dura de ganarse la vida.

Las estatuas vivientes de La Habana Vieja forman parte de la Empresa Gigantería, que además asume otros servicios de animación cultural por las calles de La Habana Vieja.

Suelen apostarse por la popular calle Mercaderes, Obrapía, Oficios y en las cercanías de la Plaza y antiguo Convento San Francisco de Asís, hoy sala de conciertos.

Alberto Sánchez, uno de ellos, representa entre otros personajes al sensacional violinista decimonónico cubano Claudio Brindis de Sala (1852-1911), quien paseó su arte y exquisitas ejecuciones por importantes plazas europeas y de América. Fue llamado genio y el mejor de su tiempo, pero murió en la extrema pobreza en Buenos Aires.

Otro personaje mítico de la cultura popular, quien tiene una estatua real cerca del citado convento, es asumido de manera increíble por Andrés Pérez, el cual suele colocarse cerca de la efigie en metal, obra del maestro Villa Soberón.

Se trata del Caballero de París, un emigrante español quien perdiera la razón muy joven. Muy culto y con porte señorial y al mismo tiempo sencillo, deambuló durante años por la ciudad, hasta que fuera internado para ofrecerle mejor tratamiento médico.

Se han tejido mitos con ambas estatuas del Caballero y los deseos que la escultura real concede. De modo que fotografiarse con ellas es de lo más buscado en ese lugar.

El fiero pirata francés Jacques de Sores también es uno de los más atractivos. El antiguo saqueador del Caribe atacó e incendió La Habana en 1555. Por ese motivo España decidió construir el sistema de fortificaciones de la ciudad. Pero hay más artistas: El Arlequín, El hombre de barro, El Minero, El Hojalatero, La bella palomera, El Levitador, Vendedor de tabaco, El Vaquero, La Campiña…

 

Como para recordar aquel viejo juego infantil de cierto ángel, pícaro y exigente, que buscaba incansablemente estatuas. Si viene a La Habana, no se defraudaría.

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