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Santiaguito y sus tambores: auténtica cubanía

Santiaguito

La música fluye por sus venas como el agua en un manantial caudaloso y desbordado de energía. Se nombra Santiago Antonio Naranjo Arboláez, pero todos le conocen como Santiaguito, un mulato tamborero nacido en la ciudad de Trinidad (provincia central de Sancti Spíritus) hace poco más de cinco décadas.

Santiaguito y sus tambores, así se anuncia ante el público el sin par percusionista que atrapa la atención de coterráneos y visitantes foráneos en el habanero Hotel Nacional de Cuba. Acompañado solo por sus tumbadoras, improvisa en el canto e invita al baile desde su misma acción performática, plena de cubanía con refranes y detalles picarescos que denotan la idiosincrasia criolla. No necesita tecnologías ni guiones; su espectáculo es paradigma de auténtica cubanía.

“El tambor y las cualidades para la percusión son dones que nacen con la persona”. La aseveración de Santiaguito lo hacen rememorar su niñez en el intrincado pueblito de Caracusey, donde se crió. “Mi familia materna era muy musical; formaban grupos que se presentaban en diversas fiestas, y yo participaba con ellos”, rememora en conversación con Más Cuba. Recuerda también el artista su participación en los festivales de aficionados que se hacían en la década de 1980, cuando integraba el conjunto artístico De Cuba traigo un cantar, de la Casa de la Cultura de Trinidad. “Obtenía los primeros premios y me estimulaban a seguir en la percusión, pero quería probarme en los escenarios y vine para La Habana”, precisa.

En la capital cubana, Santiaguito debutó en un espectáculo dirigido por Manolo Rifat, a la sazón respetado director de televisión. Tras su debut habanero, trabajó con la orquesta de Osmundo Calzado y, durante algún tiempo, acompañó al maestro Luis Carbonell, conocido como el Acuarelista de la Poesía Antillana. “La gente vio en mí un carisma singular, explica, y junto con mi virtuosismo en la percusión, me pidieron que combinara ambos para convertirme en un showman, y como siempre me ha gustado escuchar consejos, inicié esta carrera y hasta ahora me ha ido muy bien”.

Santiaguito puede improvisar rítmica y vocalmente, con apenas dos cucharas y un balde doméstico incita a la rumba y pone en movimiento al ser más escéptico. “He tenido la suerte de llevar mi música por el mundo, dice, y he sido uno de los pocos en llevar los tambores batá a la música sinfónica, cuando estuve en el grupo de Compay Segundo”. A renglón seguido señala que el manejo de las manos resulta esencial para hacer brillar el instrumento.

“Tanto en el tapado, como en el apagado, como en los bajos, las manos van de diferentes formas. En el caso de las pailas se requiere agilidad para manejar las baquetas; las muñecas son también fundamentales y todos los días las ejercito”, comenta.

 

Ensayo y entrenamiento se mezclan en una misma actividad. Santiaguito se enorgullece del tambor, al que le debe sus éxitos y su felicidad. “Con la percusión he logrado casi todo: mi amistad con Tata Güines y el trabajo con grandes figuras me ha hecho sentirme cubano ciento por ciento. La rumba es un estado de emoción; la rumba es Cuba”.

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