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Silvio Rodríguez: Que le tenga cuidado el amor

silvio rodriguez

Era yo una adolescente cuando comencé a escuchar las entonces insólitas canciones del cantautor cubano Silvio Rodríguez. Desde entonces hasta hoy, ya en mi tercera edad, no he dejado de hacerlo, y es por eso que cuando leí que acababa de sacar a la luz su decimoctavo disco, Amoríos, no cejé hasta conseguirlo.

Silvio acaba de regresar de una gira por España para promocionarlo. Visitó las ciudades de San Sebastián, a Coruña, Gijón, Zaragoza, Barcelona, Córdoba, Madrid, Murcia y Valencia. Y ofreció un concierto gratuito, como los que realiza cada mes en Cuba en los barrios menos favorecidos de La Habana, esta vez en beneficio de las víctimas del reciente terremoto que sacudió a Ecuador.

Amoríos contiene catorce temas compuestos por el trovador entre 1967 y 1980 y según ha declarado: “Es la intención de hilvanar un discurso con canciones de amor y de desamor, un trabajo que hace muchos años tenía en mente. Entre otras razones porque cuando hice mi primer disco yo había compuesto muchas canciones y me fue duro escoger doce temas”.

Reconocí en la primera audición de este CD muchas canciones que le había escuchado a Silvio, acompañado solo de su guitarra, en aquellos íntimos recitales que ofrecía en la década del sesenta en la pequeña sala del teatro Hubert de Blanck en la capital de Cuba.

Pero me sorprendió la nueva connotación que los arreglos y los excelentes músicos que lo acompañaron en su empeño, daban a aquellos poemas de antaño donde, al menos para mí, la música era solo el complemento de las imágenes irradiantes y la profundidad de unos textos excelentes y cargados de novedades expresivas.

Amoríos sigue siendo la producción de un gran poeta pero también de un músico monumental. Todas las fusiones posibles de jazz, guaguancó, música sinfónica, elementos dodecafónicos y un valioso arsenal de recursos en sus armonías, dan a esas viejas canciones una trascendencia asegurada que va más allá de sus letras imantadoras.

Tal parece que Silvio Rodríguez hubiera compuesto esos temas hoy mismo o mañana porque en su sonido no hay modas que amenacen la intemporalidad que se impone a través de una tradición muy renovada, apenas perceptible en la equilibrada ejecución. Y está también su voz: afinada, sugerente como un instrumento más.

Dada a escoger entre mis preferidas, no sabría por cuál decidirme aunque todavía resuene en mis oídos Tu soledad me abriga la garganta o esa magnífica tetralogía de Exposición de mujer con sombrero, trabajada en filigrana, emparentada en sus continuidades y rupturas con aquella, la más conocida, su Óleo de mujer con sombrero, cuya amenaza al amor —“que me tenga cuidado”, dice— parece confirmarse en un fonograma de colección, para enamorados de otro tipo, diferentes a aquellos que se rinden ante la simplificación de las baladas pop.

La sorpresa de un Silvio jazzista es explicable por el acompañamiento de lujo que utilizó: el piano de Jorge Aragón, el bajo de Jorge Reyes, la batería de Oliver Valdés y el vibráfono de Emilio Vega. La voz del trovador sigue sin tacha la apoyatura de un formato que utiliza por primera vez, si no me equivoco, para demostrar su ductibilidad y sus cualidades vocales no convencionales.

Sin embargo, se vuelve lírico cuando son Niurka González en la flauta y el clarinete y la Orquesta Sinfónica del Instituto Superior de Arte los que hacen de las suyas, “poniéndosela difícil”, como se dice en el argot cubano, pero no imposible. Sus altos quilates de letrista armonizan perfectamente con la sonoridad de lo incorrectamente llamado “culto”. Y Amoríos es una demostración de una “alta cultura”, tanto en la utilización de lo más popular como en la de lo más sofisticado.

Con esta producción, Silvio Rodríguez alcanzó el objetivo que había confesado ya a una periodista: “variedad en la temática, canciones que se pudieran trabajar con diferenciaciones sonoras, ajustadas al patrón de las relaciones de pareja”.

Por cierto, que estas “relaciones de pareja” se hacen conflictivas en los textos, viajan a otros planetas interiores y transcurren siempre dentro de un entorno que no renuncia a verlas como parte de un todo mayor. En ellas también está la política, los prejuicios, el triángulo y toda la complejidad de esos “amoríos” que dejan de ser experiencias personales para fijarse en la memoria colectiva con audacia y esplendor.

Asombra que un poeta y un músico con más de cincuenta años de carrera pueda regalarnos un disco como este, que engrandece una obra pasada y la conecta con ese espacio donde las relaciones con el tiempo parecerían no existir.

Sé que este será un CD que escucharé muchas veces. Y no habrá nostalgias de adolescencia porque, gracias a esa luz larga con la que se proyecta Silvio en su discografía (y también en escena), todo parece nuevo para sus auditorios. Válido para el ayer, el hoy y el mañana. Un mañana que se extenderá, estoy segura, más allá de nuestra breve presencia de mortales.

 

 

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