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Un submarino en la habana

Un submarino en la habana

“No se puede decir que regresa la nostalgia sino que regresa la historia”, dijo el maestro Leo Brower —músico cubano que revolucionó la guitarrística en el mundo desde la década del setenta— cuando fue a celebrar su 72 cumpleaños en un lugar sui géneris de La Habana: el Submarino Amarillo, un local donde los amantes de Los Beatles se reúnen incansablemente de martes a domingo para rendir culto a esos ingleses legendarios.

Situado en la calle 17 esquina a 6, en El Vedado, el Submarino… es poco conocido por los turistas, tal vez por su corta vida: cuatro años que, sin embargo, han sido suficientes para que numerosas personas de distintas generaciones lo hayan convertido en un templo que les ofrece canciones y audiovisuales de las agrupaciones más destacadas del panorama internacional en la década de los sesenta y de los setenta.

Su encanto es irresistible. La barra toma detalles como escotillas, formas tubulares y otras piezas de un submarino, y en las paredes las letras de las canciones y los dibujos de las caras de Los Beatles reciben al visitante en su interesante mezcla de lo mejor del pop art y los estilos vanguardistas.

La concepción del lugar obedece al talento de tres jóvenes egresados del Instituto Superior de Diseño Industrial de Cuba: Elizabeth Rojas, Maikel Sánchez y Rafael Mateu, y la dirección artística de los grupos que, después de las nueve de la noche, se presentan en vivo, corre a cargo del periodista y realizador de televisión Guille Vilar, un furibundo beatlemaniaco a quien mucho se debe el éxito de este increíble lugar.

Vilar sostiene que Los Beatles son parte de la cultura cubana por la influencia que ejercieron y ejercen tanto en los músicos del país como en las sucesivas generaciones que desde los años sesenta comenzaron a escucharlos y a imitar sus estilos de vestir y de vida. Los Beatles fueron en Cuba, como en todo el mundo, un punto de inflexión no solo en las sonoridades, sino también en las costumbres.

Si bien no fueron muy comprendidos por las autoridades culturales de la época, los jóvenes cubanos se las agenciaron para obtener sus discos y no había una celebración particular en que sus canciones no estuvieran presentes.

Autores como el desaparecido Juan Formell, director de la popular orquesta Los Van Van, y el cantautor Silvio Rodríguez, entre otros muchos, han reconocido su influencia en obras que, a pesar de su cubanía, llevan la impronta de esos genios que muchos incorporan a una lista de clásicos como lo pueden ser Mozart o Bach.

La incomprensión hacia Los Beatles es agua pasada en Cuba. Frente al Submarino Amarillo que, situado en un sótano rememora también La Caverna donde John, Ringo, Paul y George se dieran a conocer, se levanta la escultura de Lennon, realizada por José Villa Soberón. Sentado en el banco de un parque, Lennon ya le ha dado nombre y son incontables los visitantes que lo contemplan para tomarle fotos.

“Vengo porque es un sitio diferente donde puedo escuchar una música que no suena en ningún otro sitio de La Habana”, me dice Raúl Aguilera, un cuarentón de cabellos largos y aretes en las orejas.

Cuando se abrió el Submarino… el 5 de marzo de 2011, el maestro Brower expresó: “En lo personal siento alivio, como un desagravio, no solo para mí, sino para todos los que llevaron años batallando por esta música positiva, moderna”.

Quienes quieran escuchar esa música deben llegar temprano al Submarino, un lugar que nunca está vacío y cuyo misterioso encanto hace que quien lo visita se convierta en un asiduo. Sus precios, además, son una tentación para los que no disponen de demasiado dinero. Todo en esta esquina de El Vedado es una invitación, un sueño que se cumple, una utopía hecha realidad.

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