Los cubanos somos rumberos

La popular orquesta cubana Van Van, fundada en diciembre de 1969 por el fallecido bajista Juan Formell, define a través de la rumba a los nacidos en la mayor de las Antillas con uno de sus más bailados montunos o estribillos: “Vamos a ser sinceros, los cubanos somos rumberos”.

La palabra rumba, además de significar atmósfera de fiesta y jolgorio, define a un género musical-danzario cubano con raíces africanas, así como con algunas influencias hispanas, en especial del cante andaluz.

Surgida en la época colonial como derivación de ritmos y bailes que inicialmente tuvieron un sentido religioso para integrantes de los cabildos africanos, con el paso del tiempo sus descendientes, confinados a la marginalidad, la asumieron como principal forma de diversión, ya con instrumentos de percusión, cantos y bailes de carácter profano.

Profundamente cubana por su esencia y proyección, la rumba incluye algunas variantes perfectamente definidas, entre las cuales sobresalen el yambú, el guaguancó y la columbia.

Forma musical-danzaria folclórica surgida en el siglo XIX y cultivada en zonas urbanas de La Habana y Matanzas, el yambú se caracteriza por su aire lento y la brevedad en la parte del canto.

Al compás de esa música muy melodiosa, la hembra baila con coquetería y prestancia, mientras el hombre busca enamorarla con rítmicos gestos de hombros, brazos y piernas.

Sin embargo, el yambú excluye el “vacunao” o movimiento pélvico erótico y picaresco característico del guaguancó. Esa última es la forma más cultivada por constituir dentro de la rumba la expresión idónea para hacer la crónica urbana en forma poética de los hechos más disímiles, bien sean de sentido lírico o épico, con una introducción, un nudo y un desenlace que se asume entre el estribillo o montuno del coro y las improvisaciones del clarín o voz líder.

Una conga o tumbadora (membranófono de cuero que se golpea con las manos) de timbre más grave asume la marcha o el papel de salidor, otra de sonido medio es la denominada “tres golpes” o “tres dos” y una tercera es el quinto, que adorna rítmicamente con infinitas improvisaciones, mientras que las claves con su cinquillo y dos baquetas o palitos complementan con su golpear sobre madera el ambiente sonoro.

Zalamera y con tentadores movimientos de piernas, brazos, hombros y caderas, la hembra provoca al bailarín, quien la persigue incansablemente e intenta engañarla con todo tipo de argucias danzarías para “vacunarla” en la zona pélvica. Pero la dama se cubre con maestría y con mirada altiva vuelve a retar a su contraparte.

En su estructura, la columbia presenta dos partes bien definidas: la de canto solo, generalmente breve, y la conocida como capetillo, que es la bailada, en la cual el coro repite un montuno o estribillo.

Protagonista fundamental de la columbia es el bailador, quien demuestra gran velocidad y agilidad en la ejecución de diversas gambetas con los pies mientras con hombros y brazos asume gestos y posturas miméticas e imitativas de las más diversas actividades del ser humano, o incluso derrocha habilidades como acróbata o equilibrista. En franca competencia con el bailador o “columbiano”, el tocador de quinto ejecuta a gran velocidad motivos cortos antecedentes con sus correspondientes consecuentes.

En una u otra variante, la rumba ha trascendido en el tiempo y pervive en el alma nacional, en los escenarios y las calles de Cuba.

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