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Redescubrir la isla de Cuba

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Recolectar plantas, animales y cualquiera de las manifestaciones de la naturaleza animada o inanimada que existían en una isla que prácticamente permanecía ignorada para los europeos de finales del siglo XVIII y los albores del XIX, resultó al científico berlinés Alejandro de Humboldt, además de un reto, un singular, novedoso e interesante ejercicio intelectual.

Los frutos de su atrevido viaje, como el mismo reconocería al final de una extensa jornada de exploraciones y búsquedas, que comenzó con su partida del Viejo Continente hacia las tierras americanas de Venezuela, Cuba, Colombia, Ecuador, Perú, México y por último los Estados Unidos, sobrepasaron todas sus expectativas, y las de su compañero y colega, el médico francés Aimé Bonpland.

Medir, deducir y correlacionarlo todo, desde los elementos climatológicos y astronómicos, el relieve, la calidad de las aguas y su movimiento, fueron algunas de sus generosas divisas; pero además, apresar y comunicar la impresión que a los sentidos confería una naturaleza espléndida, e interpretar de manera reveladora los acontecimientos sociales y la forma de relacionarse entre sí de los pobladores de los diferentes lugares por donde pasó, también fueron el objeto de su aguda observación y de sus muy provocativas opiniones.

Su itinerario y permanencia en Cuba comenzó el 19 de diciembre de 1800 y se extendió hasta el 15 de marzo de 1801, cuando viaja a Cartagena de Indias. Tres años después —proveniente del continente— revisitó la isla en una segunda y brevísima estancia que comprendió desde el 14 de marzo de 1804 al 29 de abril de ese mismo año. De La Habana partió a Estados Unidos y de allí regresó a Europa.

Recorrió la amurallada ciudad de La Habana y su bahía llena de embarcaciones; y  varios poblados aledaños que resultaban de su interés y el de los anfitriones que acogieron su presencia con marcadas atenciones y desvelos. En su periplo anduvo Guanabacoa y su cerro, la llanura de Güines, y el marinero poblado de Batabanó, y la floreciente villa de Trinidad, importante centro económico y punto de salida de los correos marítimos.

Su libro Ensayo político sobre la isla de Cuba, publicado en París en 1826, contiene el resultado de sus notables contribuciones al conocimiento del entorno natural cubano, apenas reconocido en la literatura científica europea, y sus eruditas acotaciones sobre la cultura, la sociedad y sus instituciones; tales aportes, con unánime aquiescencia, definieron a su autor como el segundo descubridor de una isla a la cual llamó del azúcar y los esclavos, pero también donde encontró, contrastando, los más exquisitos olores a miel.

Por las críticas que encierra el Ensayo político… de Humboldt al pensamiento esclavista de su época y a todo su sistema de explotación en las Antillas y en otras regiones del mundo, las autoridades coloniales de la isla prohibieron su distribución y reproducción; es por ello que la primera impresión cubana de tan significativo libro no vio la luz en el país hasta el año 1930, cuando el destacado intelectual Fernando Ortiz preparó y dio a la imprenta una de las ediciones más completas que de esta joya bibliográfica se conoce.

Al cabo de dos siglos de la presencia de Alejandro de Humboldt en Cuba, proponerse andar los lugares que aparecen en su obra, sea por el mero hecho de recrearse con el paisaje, natural o humano, o por descubrir analogías o transformaciones, resulta un merecido homenaje a este distinguido explorador; y sin lugar a dudas, el disfrute de emprender una nueva aventura hacia una región del mundo que muestra una biodiversidad y los contrastes de una cultura que el tiempo habrá podido modificar, pero que sigue siendo, a ojos de un atento e inteligente visitante, verdaderamente apasionante.

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